sábado, septiembre 25, 2021
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

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  • Por DANIELA PATRICIA ALMIRÓN

Directora Ejecutiva de CIEDEPAS Argentina Centro Internacional de Estudios sobre Democracia y Paz Social.

Me gustan las mandarinas, y esas más grandes y sabrosas, las bergamotas. Las conozco porque a mi padre le encantaban, las elegía y las llevaba a casa. Su piel es tan aromática que se usa como esencia en muchos productos, así es que voy por allí detectando dónde encontrarlas.

Mandarinas es un film georgiano del año 2013, donde la guerra y el odio es el trasfondo, aquello que vivimos mediadores sin distinguir latitudes, en las personas que recurren a nosotros.

Hace frío, aunque está todo muy verde. Un hombre sentado a su mesa, una casa rústica en el campo. Los enseres son sencillos, fuertes y sólidos. La cocina a leña despide humo, calor y vapor de la tetera que hay encima presta para una infusión. También hay una gran olla conteniendo lo que aparenta ser una comida reconfortante y un plato rebosante con trozos de pan grandes y de aspecto apetitoso.

Ese hombre es estonio, a su derecha se encuentra sentado un georgiano y a su izquierda y enfrentado al anterior, está un checheno, más precisamente un mercenario de chechenos.

Junto al fuego está Margus quien cultiva mandarinas. El del centro de la mesa es carpintero. Con amoroso afán hace cajones para contener la fruta cosechada.

Ahora está sentado ahí entre los dos hombres a quienes les ha salvado la vida luego de un accidente y tiroteo feroz frente a la puerta de su hogar. Está sentado entre dos enemigos declarados. El georgiano se opone a la independencia de Abjasia poblada de estonios, el checheno los combate. Ivo, el dueño de casa, es estonio como su casa y la mesa. Los dos enemigos están obligados a un terreno neutral. El pacto de Ivo con ambos ha sido que no se matarán bajo su techo.

El georgiano es actor e hijo único. El checheno cobra por pelear y matar. Corre el año 1992, una guerra coletazo de la caída del muro de Berlín y una nueva Rusia.

Ivo ha creado un contexto de paz obligada. No sólo eso, sino que se ven signados a convivir, compartir la mesa, la infusión caliente, el pan, el guiso y las mandarinas.

En el convivir hay diálogo, enojos, reclamos, conocerse.

Se produce una situación de ataque, ambos han protegido la casa del estonio. Se han diluido fronteras, nacionalidades, ideologías, religión. El checheno practica el islam. El georgiano es cristiano ortodoxo. Margus le había preguntado antes a su amigo Ivo: ¿Confías en ellos?, ¿Por qué no?, le había respondido.

Se me aparece el cuento Siete Ratones ciegos de Ed Young, hay una versión preciosa ilustrada, es una adaptación de una parábola hindú, tomada por el budismo y otras religiones, como también alguna versión moderna. También se difundió con la figura de monjes para representar simbólicamente la historia.

En el caso de los ratones cada uno es de un color diferente. El cuento narra que “Un buen día, siete ratones ciegos encontraron Algo Muy Raro al lado de su charca. ¿Qué es? –exclamaron sorprendidos y todos corrieron hacia casa–. El lunes, el ratón Rojo fue el primero en salir a descubrir. –Es un pilar– dijo, pero nadie le creyó. Un día tras otro, uno de los ratones se fue acercando a Algo Muy Raro y regresaba convencido de haber resuelto el misterio, pero nunca se ponían de acuerdo: para un ratón era un pilar, para otro una serpiente, para otro ratón era un acantilado, una lanza para el siguiente, un abanico dijo otro ratón, ¡una cuerda! Hasta que el último día, el séptimo ratón, el Blanco recorre el Algo Muy Raro de cabo a rabo, de arriba abajo y de un extremo al otro y concluye diciendo que es ¡Un elefante! y que todos tenían una parte de razón. Dado que cada parte hacía que fuese un elefante”.

En esta adaptación culmina con una Moraleja ratoneja: Si sólo conoces por partes dirás siempre tonterías; pero si puedes ver el todo, hablarás con sabiduría.

¿Qué capacidad tenemos para ver el todo? Para mirar en 360 grados. Si solo vemos partes inconexas, desprendidas, nos genera una percepción errónea y sesgada, recortada. ¿Qué capacidad tenemos para percibir con amplitud? En polifónico.

Esa casa se ha convertido hacia adentro, bajo ese techo, en un espacio de paz concertada, aunque afuera la guerra está. Defender esa casa a quienes la habitan en ese momento, se ha llevado la vida del georgiano. En el jardín de Ivo yace la sepultura de su hijo, caído en esa incomprensible guerra, a su lado ha dado respetuosa sepultura al georgiano. El checheno mercenario no sale de su asombro ante este acto. Porque Ivo está más allá de esas diferencias, su humanidad y comprensión son más grandes.

Percibir el mundo, lo que nos rodea, nuestras pequeñas y vitales cotidianeidades, con una mirada amplia, inclusiva, cordial, no es muy difícil. La opción más cercana parece ser opinar, juzgar, imputar, desde esa partecita que vemos y no avanzar más, aún cuando se pueda descubrir que hay algo mejor.

El ratón blanco invitó a los otros a recorrer el elefante, a dejarse deslizar por el lomo, colgarse de la cola y la trompa, balancearse en el colmillo y columpiarse en las orejas. Todos supieron que la suma de las partes era un tremendo y sabio elefante.

Ojalá tengamos, como el personaje de Ivo, la capacidad de ver el todo con humanidad.

Una pandemia atraviesa y recorre subterráneamente cada acto y nos encuentra bajo un mismo techo que nos cobija, un mismo suelo que nos sostiene. Ser capaces de ver que el valor de las partes ensambladas, construyen a su vez una integración con valor amplificado.

El valor de conocernos y reconocernos y advertir que podemos aceptarnos. Para convivir en paz con el que tenemos al lado, con eso se empieza. Con quien está más cerquita y así multiplicadamente. [T]

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