jueves, noviembre 24, 2022
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

ENTREVISTA / GASTÓN AÍN, conflictólogo argentino:

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En Argentina, país de nacimiento de Gastón, es un lugar común escuchar la expresión eres un grande. En su caso, realmente se trata de un Grande y en una dimensión bifronte: se trata de uno de los conflictólogos más experimentados y lúcidos de la región, por su trayectoria profesional, su acuciosidad y bagaje de conocimientos, y por la otra, por su sencillez y el buen tono con el que sostiene sus conversaciones. Esto lo habilita –como escribió el filósofo Julián Marías en El intelectual y su mundo– para manejar esas realidades delicadas, que es fácil aplastar entre los dedos o que pueden provocar una explosión. En las manos de Gastón están siempre en buenas y expertas manos. En esta entrevista en profundidad, Gastón Aín, otea el horizonte de la región, se sumerge en las profundidades de su problematicidad y calibra las coyunturas inflamables para brindar palabras con espesor intelectual, que eviten que las personas se atrincheren en dos orillas y la sangre llegue al río. En ese contexto debemos comprender cuando nos dice que los constructores de paz debemos evitar los escenarios de colapso cultural. Este ocurre cuando la fe en la bondad humana se desvanece y la gente pierde la amabilidad, la generosidad, la honestidad, la hospitalidad, la compasión y la caridad, en fin, su preciada humanidad

PREGUNTA. La región vive un periodo de turbulencias intensas y sin un horizonte claro, ¿cómo diagnosticas esta coyuntura desde tu perspectiva?

R. La región es parte de un sistema global que hoy muestra dificultades sistémicas para abordar problemas neurálgicos de la supervivencia humana a mediano plazo, como son la dependencia de los combustibles fósiles y la destrucción de los ecosistemas y la biodiversidad. Los efectos del cambio climático están generando disrupciones en la producción alimentaria y los sistemas sanitarios, y la crisis del Covid-19 expuso la fragilidad de algunas cadenas de suministro en una economía globalizada. Habitamos en un planeta con récord de refugiados y desplazados climáticos, políticos y económicos. El Panel Intergubernamentales en Cambio Climático está avisando desde 2014 que estas variaciones bruscas en el clima aumentarán el riesgo de fenómenos violentos en forma de guerras civiles y conflictos intergrupales. Acabamos de presenciar la primera hambruna masiva producto del cambio climático en Madagascar. Entramos a un periodo de mucha incertidumbre en todos los planos.

P. Cerremos la lente y concentremos la mirada en las democracias latinoamericanas, ¿ves algo alentador o el panorama es para volver a cerrar los ojos?

R. El agravante en nuestra región, aunque no es la única en donde se da el fenómeno, es que la democracia viene mostrando síntomas de fatiga desde hace al menos dos décadas. El PNUD y la OEA detectaron este malestar en la democracia y lo vincularon a la dificultad de esta y de los estados para brindar seguridad, servicios sociales de calidad y, en general, una mayor calidad de vida para la mayoría de latinoamericanos/as. Un rasgo preocupante de la coyuntura es que la institucionalidad electoral parece estar bajo presión, y experimenta desafíos para gestionar los procesos democráticos sin cuestionamientos, sospechas y denuncias por parte de candidatos, expresiones de la sociedad y liderazgos políticos. Los índices elevados de ausentismo y abstención electoral forman parte de una sintomatología del hartazgo y deben ser analizados con enorme cautela. La psicología social ha investigado y expuesto la relación entre la frustración y la agresión y, lamentablemente, América Latina continúa siendo la región más violenta del planeta, medida por homicidios cada 100 mil habitantes o por asesinatos a defensores del medio ambiente. Estamos muy por encima del promedio de víctimas que tuvieron algunos conflictos armados. Pienso que nadie puede prever aun las heridas y profundas consecuencias políticas y psicosociales que nos dejará la pandemia del Covid-19 y que se sumarán a las consecuencias socioeconómicas que ya hemos visto.

P. En tu caso estás situado en el campo de la resolución de conflictos, va de suyo que no solo haces diagnósticos, sino propuestas de solución, ¿qué hacer?

R. No visualizo opciones sistémicas que no impliquen trabajar en la resiliencia del tejido social y en el fortalecimiento de los vínculos familiares, comunitarios, de proximidad, en asociaciones, barrios, universidades y escuelas. Hay que mitigar los efectos de la sociedad del cansancio y de la enorme carga de frustración y cortisol con que vivimos. Los constructores de paz debemos evitar los escenarios de colapso cultural. Este ocurre cuando la fe en la bondad humana se desvanece y la gente pierde la amabilidad, la generosidad, la honestidad, la hospitalidad, la compasión y la caridad, en fin, su humanidad. Pablo Servigne y Raphael Stevens sostienen que será clave formar parte de comunidades pequeñas que permanezcan unidas, donde la confianza y la ayuda mutua sean valores fundamentales.

P. Llevas bastante tiempo reflexionando sobre la polarización, un fenómeno cada vez más recurrente en nuestros países y otras regiones del planeta, ¿qué la ocasiona?

R. La acumulación sostenida de múltiples frustraciones y desengaños a los que hacíamos referencia, van aflorando bajo la forma de diversas violencias y agresiones, estigmatizaciones, incontinencia verbal, invisibilización de lo diferente, intolerancia, impaciencia, estados de ansiedad extrema, fatiga, hipersensibilidad, insomnio y tantos otros síntomas psicosomáticos y físicos.

A los problemas de privación material y pobreza extrema que sufren nuestras sociedades, se agregó hace un tiempo el temor y, por ende, cierto estrés, a que una conversación, mensaje o posteo sobre un tema controversial pueda alejarte de una amiga, un familiar, un compañero de trabajo o una vecina del barrio, o que te segreguen o insulten en una red social. De a poco, vamos naturalizando esto y comenzamos a evitar instintivamente los temas difíciles, y entonces los intercambios se vuelven más guionados o bien solo ocurren con aquellos/as que piensan y sienten igual, o giran en torno a temas en los que en general sabemos que vamos a estar de acuerdo. Esta tensión, en contextos cargados o polarizados, aumenta mucho el nivel de cortisol y nos deja ciertamente con un nivel de activación emocional alto. Al decidir autoencasillarnos en una u otra posición, sentimos cierto alivio –ilusorio y momentáneo– al abandonar esa indefinición un poco incomoda propia de la duda y el cuestionamiento crítico. Dudar siempre es dar un paso atrás, distanciarse de uno y resistir ese impulso inicial a opinar, lo que es muy difícil y sobre todo bastante incómodo. 

P. Se habla mucho, tal vez deberíamos decir muchísimo sobre la polarización, pero poco o casi nada sobre la persona polarizada, ¿cómo la caracterizas?

R- El ser polarizado pierde capacidad de agencia y tiende a leer la realidad con la lente de los polos. En cierto punto reproduce los mensajes de los polos con algún matiz producto de alguna vivencia personal, pero no analiza el problema desde nuevos ángulos, ni aporta información nueva. El efecto invernadero de las redes acelera ese proceso y la mayoría de los intercambios ocurren en la misma frecuencia y marco cognitivo. La polinización de pensares y sentires, saludable en una sociedad vibrante, se reduce dramáticamente y entonces las opciones son: o se discute o no se conversa.

P. ¿Qué pasa con la dimensión política de la polarización?

R. Insisto con la noción que la polarización no es de naturaleza política, eso sería simplificar mucho el fenómeno, además que esta idea no se condice con la realidad. En las últimas tres elecciones presidenciales en la región vimos candidatos que ganaron en primera vuelta con alrededor del 20 por ciento de los votos, lo que deja parlamentos con muchísimos bloques y expresiones diversas, aunque luego en segunda vuelta alguno de estos candidatos gane. La polarización es un fenómeno de naturaleza psicosocial –como decía Baró–, que produce estados de alta emocionalidad y un estrechamiento del campo perceptivo en donde solo se visibilizan dos opciones mutuamente excluyentes, no solo para la política, sino para muchos otros temas relevantes. Tendemos a verla más en los grandes temas nacionales, pero también se manifiesta fuertemente en temáticas locales de toda índole. Con seguridad polarizar sirve para crear minorías intensas y cohesionadas, pero a largo plazo, fractura aún más el tejido social y eso dificulta luego la construcción de grandes acuerdos necesarios para gobernar, o para resolver temas complejos.

P. ¿Piensas que la polarización desbocada a su propia suerte puede acabar implosionando nuestras democracias?

R. No será la responsable principal si eso ocurriera, pero definitivamente habrá contribuido decisivamente. La polarización desgasta al ser humano en el plano emocional, psíquico, personal y físico, le achica su capital relacional, y lo va exponiendo solamente a mensajes que refuerzan sus posiciones o convicciones en una suerte de jardín de invierno. Cuando por casualidad, por decisión propia o por las razones que fuere la persona abandona el efecto invernadero, las exposiciones a otros marcos cognitivos son muy complejas y los ajustes cuestan muchísimo. Las redes y muchos medios son los laboratorios donde se van creando ideas e iniciativas que a mediano plazo fomentan diversas lecturas, muchas veces opuestas, sobre temas vitales, sobre los grandes desafíos de una región, un país, una ciudad o el mundo. La democracia es el espacio y la forma en que conversamos, deliberamos e intentamos resolver esos desafíos. La polarización definitivamente desincentiva el involucramiento en lo público, porque los costos de transacción, o bien de participación en este caso, son muy altos. Los debates se eternizan, sobran las acusaciones, las agresiones y los maltratos, los temas se judicializan, los procesos se cuestionan, se sospecha del saber experto, ceder se vive como una derrota que el adversario aprovechará. ¡Y tantos otros fenómenos que no invitan a involucrarse!


P. Has realizado diversos esfuerzos en el diálogo como vía para afrontar los conflictos, ¿qué evaluación haces sobre su potencial? ¿Compartes la idea de que se ha producido una fatiga del diálogo?
R. Hay enorme fatiga con la noción, con el concepto y también con la práctica. El diálogo social y político ha sido un componente central de la práctica democrática, pero hoy es esta práctica la que parece estar con las defensas bajas. Se utilizaron procesos de diálogo para dilatar, para des escalar un conflicto, parala foto, porque no está bien visto no querer dialogar, sentarse a la mesa, escuchar. El diálogo es una experiencia milenaria que requiere tiempo, maduración, ciertas condiciones, y cristalizarlo en la era de la atención parcial y la gratificación inmediata es un poco nadar contra la corriente. La polarización es además un acelerador fenomenal de la conflictividad y, por ende, en una mayoría de situaciones se termina dialogando en conflictos con trayectoria en escalada, con episodios de violencia recientes, en escenarios en donde se busca salir de un empate catastrófico o con procesos judiciales abiertos, todos elementos que contaminan un intento de intercambio franco orientado a la búsqueda de soluciones.


P. ¿Qué responsabilidad tiene todos/as quienes se dedican a la resolución de conflictos?

R. Quizás nuestra responsabilidad histórica como practicantes del campo sea ser más rigurosos que nunca con las evaluaciones y las recomendaciones para motorizar procesos de mediación, diálogo y negociación. La coyuntura requiere que seamos más exigentes, que agudicemos nuestros sentidos, que utilicemos más la prospectiva para ver el horizonte y las limitaciones de lo posible y, sobre todo, que nuestros procesos estén impregnados de una fuerte noción de justicia buscando  contribuir a remediar situaciones en donde pueda haber existido  afectación al medio ambiente, vulneración a los derechos humanos o fuertes asimetrías en los propios procesos, como cuando una de las partes son comunidades rurales, indígenas o colectivos de mujeres. Otra apuesta importante orientada a adelantar el momento de una intervención y evitar la escalada son los sistemas de alerta temprana. Nacieron para detectar fenómenos climáticos extremos y hoy se usan para prevenir la salida temprana de alumnos del sistema educativo o corregir comportamientos indebidos en las fuerzas policiales, entre otras finalidades. Sin embargo, su utilización rigurosa en el campo de la conflictividad social es mínima a pesar del enorme potencial que poseen. 

P. ¿Qué opinas sobre la relación entre quienes se dedican al campo de la resolución de conflictos y los políticos? 

R. Pienso en varias colegas y amigos, incluso pienso en mi propia trayectoria personal, y veo como la práctica de la mediación y la transformación de conflictos se transformó en un refugio y un espacio para canalizar todas las utopías y ganas de transformar la realidad que despertó la primavera democrática en América Latina; pero que luego fue imposible canalizar y explotar positivamente en la arena de la política, cuyos engranajes precisan repensarse a la luz de sociedades desesperadas y agobiadas. Siento que la política no termina de entender nuestro campo, no lo lee con detenimiento y por tanto no explota su potencial y beneficios. En un punto se nos ve como demasiados ritualistas, un poco ingenuos, demasiado centrados en lo procesal, cuando, al fin y al cabo, se trata de abordar directamente y sin tantos rodeos los intereses en juego. La política carece del tiempo mínimo que necesitan nuestros procesos y, por ende, a veces tiende a acelerar la dinámica iniciando negociaciones sin rigor metodológico, centrándose solo en los decisores formales, sin canales de comunicación y retroalimentación vigorosos, o sin poder renunciar a capitalizar políticamente el proceso, lo que hace que este ya nazca herido.

P. Hecho el diagnóstico, ¿cómo entablar una mejor relación entre ambos campos? ¿O el planteamiento es ilusorio?

R. No veo una manera más eficiente y realista que intentarlo desde abajo, recuperando la práctica del diálogo desde el núcleo familiar, comunitario, asociativo o en los espacios educativos. También con iniciativas que ya se han puesto en práctica en Alemania o Estados Unidos, y para las que se invita durante algunos meses y en sesiones semanales a dos personas que no se conocen pero que tienen pensares y sentires muy diferentes sobre temas relevantes. Se las inscribe, se les da un instructivo, algunos materiales y se les pide que se encuentren a conversar. Una facilitadora va asesorando y colaborando entre sesiones con herramientas para que esas visiones se vayan polinizando. Esos pares de personas, que no han cambiado necesariamente de opinión sobre el tema en torno al cual conversaron, pero que adquirieron una nueva forma de interacción, respeto y una valoración por la posición de su interlocutor, replican el ejercicio como acompañantes a otros cientos de pares que se embarcan en el mismo proceso, siempre sobre temas difíciles pero neurálgicos para la vida en sociedad. El objetivo estratégico es que una masa crítica de ciudadanas/os vuelva a conversar con respeto, con sensibilidad y con plena consciencia de la Interdependencia que todos poseemos para resolver los desafíos de la modernidad. [T]

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