jueves, noviembre 24, 2022
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

La justicia transformativa en la comunidad

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Por GLÁUCIA FOLEY

Jueza, Coordinadora del Programa de Justicia Comunitaria y miembro de la Asociación de Jueces por la Democracia de Brasil.

En los últimos años ha hubo abundante reflexión y debate para conceptualizar la justicia restaurativa, los diferentes tipos de mediación, los círculos de construcción de paz, la comunicación no violenta, entre otros. Aunque diferentes, todas estas prácticas que buscan soluciones pacíficas a los conflictos y a las violencias operan bajo una perspectiva emancipadora porque desarrollan una metodología cooperativa, dialógica y horizontal. En vista de la diversidad de conceptos, pero considerando que todos están conectados con el objetivo de la construcción de la paz, creo que podemos unirlos bajo el concepto de Justicia Transformativa.

El enfoque que usaré aquí para la Justicia Transformativa, por lo tanto, es la articulación de prácticas emancipadoras con el potencial de proporcionar autocomposición de conflictos; transformación en el patrón de relaciones –ya sean personales o institucionales–; comunicación calificada entre las personas, pero también y especialmente, transformaciones institucionales, ideológicas y de las prácticas sociales que reproducen relaciones de subordinación y violencia.

Pienso que la paz sostenible requiere más que el uso de técnicas de resolución pacífica de conflictos. Tenemos que actuar en la dimensión preventiva de la violencia, promoviendo cambios profundos en los contextos que dan lugar a la violencia en sus dimensiones directas, culturales y estructurales, según sistematizó Johan Galtung. Y, para eso, tenemos que conocer todo el potencial y las limitaciones de las herramientas disponibles.

Cuando hay un conflicto que involucra violencia, podemos optar por dos caminos: activar la justicia oficial, o recurrir a las prácticas que operan bajo los principios de Justicia Transformativa. La elección del camino requiere un análisis de las circunstancias de la violencia. Dependiendo de la situación, será más emancipador recurrir a la acción judicial –a pesar de todas sus limitaciones– para alejar la inminencia, el riesgo o la configuración de la violencia con alta intensidad opresiva. Por ejemplo, medidas judiciales contra las violentas invasiones de tierras indígenas por grupos de garimperos y madereros, que están muy organizados y empoderados, especialmente en el triste escenario político actual de Brasil. Pero, si la situación y la correlación de fuerzas políticas y de poder permiten, podemos proporcionar la transformación del conflicto con las diferentes prácticas autocompositivas.

Según John Paul Lederach, para promover la transformación del conflicto, no podemos limitarnos al episodio del conflicto. Es necesario comprender el epicentro, es decir, el contexto de la relación en la que surgió el conflicto. Un episodio familiar, por ejemplo, exige comprender cómo se relaciona esta familia: cuáles son los valores adoptados; las expectativas; las identidades de sus miembros; si hay o no reconocimiento de estas identidades; cómo organizan las relaciones de poder; cómo se comunican y cómo toman decisiones. Comprender el epicentro evita que se repitan diferentes episodios bajo el mismo patrón relacional.

Uno de los problemas de la justicia oficial es precisamente que la acción judicial se limita a valorar y juzgar el episodio, de forma unilateral y coercitiva, sin promover ninguna transformación en el epicentro de los conflictos.

Si queremos ir más allá de los episodios, es fundamental que adoptemos las prácticas circulares, restaurativas y de mediación, para la transformación de los conflictos. Sin embargo, si limitamos el uso de estas prácticas de autocomposición exclusivamente a las personas directamente involucradas en el conflicto, perdemos la oportunidad de incluir a la comunidad en el proceso de comprensión y compromiso de transformación del contexto social, político y económico en el que surgió ese conflicto.

En este sentido, la mediación, las prácticas restaurativas y circulares deben integrar a la comunidad, para que sea posible trabajar colectivamente en el mapeo de los problemas a superar y, sobre todo, para tomar decisiones en relación a los caminos de transformación, ya sea a través de la demanda de servicios de las agencias estatales, ya sea mediante la construcción de otros tipos de sociabilidad dentro de la propia comunidad.

El Programa Justicia Comunitaria en Brasil capacita a mediadores comunitarios, miembros de sus comunidades. Es lo que llamamos la mediación que se realiza en la comunidad, para la comunidad y, sobre todo, por la propia comunidad. La formación permanente de mediadores les permite convertir cada conflicto interpersonal o colectivo en una oportunidad de transformación comunitaria, a través de la mediación y de las prácticas restaurativas y circulares. En los últimos 20 años, el Programa Justicia Comunitaria –no se basó en ninguna experiencia específica– cometió errores y aciertos bajo una construcción colectiva permanente y desafiante, siempre atenta a las demandas de la comunidad.

Las experiencias más recientes con prácticas circulares revelaron todo el poder de la metodología de los círculos comunitarios, a partir de la reflexión sobre las identidades individuales y colectivas. ¿Quién eres tú? ¿Cómo te relacionas? ¿Eres reconocido en tus identidades? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué? ¿Qué necesitas cambiar? ¿Quién puede provocar este cambio?

Lo más interesante fue notar que se puede aplicar esta metodología para transformar contextos marcados por la violencia, aunque no exista un conflicto específico para transformar. La identidad es la comprensión de la esencia de quiénes somos y, como el ser humano es relacional y dialógico, esta identidad debe ser reconocida por el otro. El reconocimiento de identidades es un tema clave para la promoción de la justicia social.

Los resultados sumamente positivos de esta experiencia revelaron todo el potencial de los círculos comunitarios que operan transformaciones en varios ámbitos: en subjetividades; en las relaciones interpersonales y colectivas; en las relaciones de poder dentro de la comunidad –transformación del poder centralizado para abrir espacio a posibilidades del poder compartido–; en las relaciones familiares; en la relación de los individuos de la comunidad con el Estado.

Los mediadores comunitarios responden a las demandas, buscando siempre identificar el potencial colectivo y transformador de cada situación. Pero también organizamos círculos incluso cuando no hay un conflicto específico. Por ejemplo, círculo de mujeres para hablar de género bajo la metodología de Paulo Freire de reflexión-acción-reflexión, sin necesariamente limitarse al tema de la violencia. Creemos que la identidad de las mujeres es mucho más amplia que su condición de víctima de violencia estructural de género, aunque el tema de la violencia es constante.

También desarrollamos el proyecto Ubuntu para promover círculos de reflexión sobre el racismo y las formas de superarlo. Ubuntu es un concepto de la filosofía africana dos povos Bantu que significa yo estoy en todos y todos están en mí. En círculos, se aprende a hacer muñecos de tela, llamados abayomi, una técnica desarrollada por mujeres esclavizadas con pedazos de sus faldas para calmar a los niños en los barcos que partían de África rumbo a Brasil. Es un recurso lúdico para comprender la historia de Brasil, desde una perspectiva antirracista, y para comprender los mecanismos brasileños de opresión racial.

Organizamos círculos para colaborar en el proceso de construcción de paz entre brasileños y venezolanos que compartían el mismo territorio, la misma comunidad. Había una tensión entre estos dos grupos que estaba provocando muchos conflictos y violencias interpersonales. Al hablar con cada grupo, los mediadores comunitarios notaran que había una desconfianza mutua entre sus integrantes porque no se conocían, agravada con una mala comunicación debido a diferencia de idioma. Para los brasileños, los venezolanos no trabajaron porque no querían y disputaron con los brasileños los pocos recursos de los servicios estatales. Para los venezolanos, los brasileños no los aceptaron con solidaridad y no mostraron empatía por el sufrimiento del desplazamiento.

Los mediadores comunitarios promovieron círculos de reflexión para que cada uno expresara su identidad, los obstáculos y los sueños. La escucha activa impulsó la ética de la alteridad. El diálogo horizontal permitió comprender lo que significa dejar su país de origen y, en él, sus raíces y sus recuerdos. La comunidad local se movilizó para mapear las oportunidades laborales para los venezolanos desempleados y para la busca de beneficios sociales del Estado. Después de un tiempo, las mujeres venezolanas quisieron sumarse a los círculos de mujeres.

Pronto, comenzaremos también a trabajar con círculos de policías y de jóvenes en conflicto con la ley. Quién sabe, en algún momento podremos juntarlos en un solo círculo. Será un desafío muy estimulante, considerando las altas tasas de violencia policial y de muerte de jóvenes negros y pobres en Brasil.

El compromiso de Justicia Comunitaria con el proceso de construcción de paz se expresa en la adopción de prácticas transformadoras articuladas con la educación popular en derechos humanos y el ejercicio de la democracia participativa. Si abordamos la violencia solo en su dimensión directa, perdemos la oportunidad de promover las transformaciones necesarias en las instituciones, estructuras, ideologías y prácticas sociales que reproducen la segregación y opresión.

Consolidando sus prácticas restaurativas, mediadoras y circulares, bajo la perspectiva transformativa, la Justicia Comunitaria pretende colaborar para la construcción de la paz, pero con voces plurales que pueden resonar en una democracia verdaderamente participativa. [T]

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