jueves, agosto 5, 2021
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

La relación intensa entre mediación y conflicto

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Resituar la mediación como un campo problemático y eminentemente social. No como un sedante, sino como un liberador debe ser un aprendizaje actual

• Por Danilo De Luise (Italia)
Fondazione San Marcellino Génova
• Por Mara Morelli (Italia)
Università di Genova

En este breve escrito no pretendemos encarar el tema de manera exhaustiva, sino más bien compartir algunas reflexiones sobre temas que consideramos centrales para la mediación. La premisa necesaria para contextualizar dichas ideas es considerar que la mediación es necesariamente comunitaria –como afirma Juan Carlos Vezzulla–, porque nuestra especie vive y es constituida por relaciones que nos permiten re-conocer, ser reconocidos y re-conocernos. Bien lo explica Francesco Remotti: Cada uno de nosotros está hecho de relaciones, no se trata de algo que se agrega después y se trata de relaciones con otros de nuestra especie, con el medio ambiente y con la naturaleza. Cada suceso de nuestra vida, entonces, afecta al sistema comunidad en su conjunto.

        Son las relaciones que determinan la vida de nuestra especie. La mediación está integrada por hechos consiguientes a las relaciones, por cambios factuales. En este contexto, entendemos la relación como una conexión esencial, dinámica y responsable con los demás, el entorno y la naturaleza que alimenta y reproduce la vida. No se trata de un producto; ella misma es una forma de vida.

A menudo nos concentramos en las técnicas de comunicación perdiendo de vista justamente la relación, convirtiendo las herramientas en objetivos. Además, las técnicas como herramientas deben saber utilizarse y, aún más, hay que conocer cuándo hay que usarlas y cuándo no es conveniente. El objetivo no es la comunicación elegante, no violenta o no agresiva como un fin en sí misma, sino relaciones que contemplen la alteridad como parte de sí, donde el miedo, el enfado y la agresividad se puedan reconocer, acoger y aceptar como elementos constituyentes de la experiencia humana para poder gobernarlas, impidiendo que produzcan prevaricación, desigualdad y violencia en sus diferentes formas. El riesgo de usar estas técnicas como una especie de sedante para anestesiar el conflicto es alto. Reconocer dentro de uno mismo la dignidad del conflicto y su trascendencia en nuestra experiencia, es el primer paso para captar las oportunidades de cambio y crecimiento que conlleva. No se trata da un mal por erradicar de nuestras existencias, sino de algo que existe, como los elementos naturales, y que hay que gobernar para evitar que, al estallar, trastoque nuestras vidas. Le debemos respeto al conflicto, así como a la naturaleza, al medio ambiente, y solo así podremos con-tener y reducir lo más posible los perjuicios que podemos sufrir del estallido de su fuerza. Como nos recuerdan Benasayag y Del Rey: No puede haber devenir para quiénes no sepan hacerse cargo del conflicto: ninguna de las formas determinadas que nosotros asumimos tienen en sí la potencia de convertirse en otra cosa si no se dejan atravesar por las situaciones y los paisajes de los que forman parte. Nosotros somos nosotros no tanto en el sentido de que permanecemos idénticos a nosotros mismos, sino que en nosotros mismos queda constante cierta forma de deseo, cierto conjunto de tropismos, de pasiones peculiares que nos empujan en el devenir.

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“El objetivo no es la comunicación elegante, no violenta como un fin en sí misma, sino relaciones donde el miedo, el enfado y la agresividad se puedan reconocer, acoger y aceptar como elementos constituyentes de la experiencia humana para poder gobernarlas”

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Lo que estamos viviendo en estos días nos enseña que no es una mirada hipócrita hacia la vida que nos puede resguardar del dolor y del sufrimiento, tanto sea por interés material como por simple miedo a encarar los cambios, las evidencias y la precariedad que supone. Dicho de otra manera, podríamos afirmar que debemos usar el conflicto para crecer y acompañar el crecimiento. Sin confundir el conflicto con el enfrentamiento. Leamos nuevamente a Benasayag y Del Rey: El formateo de los conflictos tiene siempre que ver con su reducción al enfrentamiento, detrás del que se borra la inconciliable multiplicidad de todo conflicto auténtico. […] Sin embargo, un conflicto no se confunde nunca con el simple enfrentamiento entre entidades diferentes una de otra. Es un proceso donde el propio ser se realiza, sin cumplir con ningún principio de armonía preestablecida, sino más bien desplegando toda la complejidad de la ‘unidad de contrarios’ evocada por Heráclito. En este movimiento de despliegue, claro que pueden producirse algunos enfrentamientos, que no constituyen, de ninguna manera, la verdad del conflicto en acto, sino solo una de sus múltiples dimensiones. Por eso el conflicto como proceso de auto-despliegue del ser, nunca es destrucción pura, sino también –siempre– construcción de las dimensiones del ser.

En este proceso que acompaña nuestras vidas, las dinámicas proyectivas que representan uno de los mecanismos de defensa básicos de cada uno de nosotros pueden representar un riesgo. Más aún en un proceso de mediación, justamente porque pueden confundirnos en el uso de las diferentes técnicas. Por eso el conocimiento y el trabajo sobre uno mismo son necesarios para el gobierno y la contención de dichas dinámicas. En este sentido, autorreflexividad y pensamiento resultan cruciales, también a través de formas de acompañamiento estructurado como, por ejemplo, la supervisión y la psicoterapia, como prácticas de emancipación personal y de los demás, un antídoto –desgraciadamente solo parcial– al condicionamiento externo y a los límites de nuestra especie. Desde este punto de vista compartimos las líneas que Chiara Volpato escribió en su último trabajo sobre el científico social: El científico social no puede entender el mundo y los puntos de vista de los demás si no se esfuerza por conocer metódicamente los condicionamientos sociales a los que está expuesto, para intentar controlar sus efectos. La reflexividad es una tarea infinita y que requiere mucho esfuerzo, una imparable vigilancia intelectual sobre uno mismo; sin embargo, es esencial para llevar a cabo lo que para Pierre Bourdieu era el objetivo del conocimiento sociológico: La capacidad de ‘desfatalizar’. Descubrir cómo funciona el mundo, cuáles son los errores y los límites mentales a los que nos expone nuestra experiencia, puede convertir los mecanismos sociales en menos fatales, ya que su fuerza se fundamenta en la complicidad involuntaria que les concedamos, cuando no seamos conscientes de su acción. Condicionamientos sociales que nos parecen aún más dramáticamente patentes en estos tiempos de confinamiento, mirados y observados desde una pantalla delante de la que, inevitablemente, pasamos demasiado tiempo. Quizá nuestra Pachamama esté recuperando en estos meses algo de oxígeno, menos azotada por nuestras huellas pisándola; sin embargo, es grande el riesgo de que la volvamos a ocupar de manera depredadora cuándo salgamos –si es que lo hacemos– de nuestro encierro forzoso. Que nos sintamos interdependientes de nuestro prójimo y del entorno, en todo momento de nuestra minúscula existencia, es el deseo y el aprendizaje comunitario que quisiéramos guardar de estos tiempos sombríos.

BIBLIOGRAFÍA

Benasayag, Miguel y Del Rey, Angélique, Elogio del conflitto, Feltrinelli, Milano, 2008/2018 segunda edición. Traducción de Federico Leoni de Éloge du conflict. Le Découverte, Paris, 2007.
Remotti, Francesco, Somiglianze, una via per la convivenza, Laterza, Roma, 2019.
Volpato, Chiara, Le radici psicologiche della disuguaglianza, Laterza, Roma, 2019.

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