jueves, febrero 25, 2021
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El autor repasa las causas, las consecuencias y las medidas de mitigación a la polarización actual en los Estados Unidos. Una lectura imprescindible en la actual coyuntura.

• Por JULIÁN PORTILLA
Profesor de mediación y resolución de conflictos en Champlain College en Burlington Vermont. Mediador para el Mecanismo Independiente de Consulta e Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (MICI-BID)

El nivel de polarización en los Estados Unidos está más agudo que en cualquier momento de los últimos cincuenta años y posiblemente desde la guerra civil, conflicto que a su conclusión en 1865 había cobrado más de 600 mil vidas.  Después de su conquista absoluta del partido Republicano, la campaña de Donald Trump para anular los resultados de la elección de noviembre 2020 está poniendo a prueba la resistencia de las instituciones y la cultura política estadounidense.  Sin embargo, las acciones de Trump y su partido son consecuencias de tendencias de más largo plazo.  Si bien es un acelerador de la dinámica, Donald Trump es principalmente un síntoma del momento político más que su causa.

En este ámbito de polarización, todo tema por más inocuo que parezca se mira por el lente de la enemistad, cada tema implica maximizar las fuerzas en contra o a favor y el espacio para constructores de puentes es nulo.  Al contrario del consejo casi universal de William Ury de separar las personas del problema, todo tipo de problema se convierte en una batalla ideológica personalizada. 

La consecuencia de la polarización, como se vio en muchos de los países del continente americano, es la parálisis del Estado.  Los gobernantes se encuentran tan polarizados que no logran hacer las concesiones necesarias para crear avances legislativos. El vacío dejado por el legislativo es ocupado por el ejecutivo cuyas decisiones y tendencias son revertidas por la siguiente administración ya que terminan siendo decretos en vez de leyes. La parálisis genera frustración con los gobernantes y si la parálisis continua sin remedio, la frustración deja de ser con los gobernantes y empieza a dirigirse hacia el sistema democrático, generando así fantasías de que se requiere la mano de algún hombre fuerte o, en el peor de los casos, de las fuerzas militares para restaurar la funcionalidad y la buena gobernanza aunque no necesariamente democrática.

De hecho, según las encuestas del World Values Survey, desde el 1995 se observó un incremento del 24 por ciento al 32 por ciento de los que simpatizan con un sistema en donde un ejecutivo que no tenga que lidiar con un congreso. Menos de 33 por ciento de norteamericanos nacidos después de 1980 dicen que es importante vivir en una democracia. Los que creen que un gobierno militar sea un buen sistema de gobierno subió del 6 por ciento en el año 2000 a 16 por ciento hace dos años. Por otro lado, desde el 2010, según el Economist, los Estados Unidos pasó del lugar 17 al 25 en los rankings globales de salud democrática, en gran medida por el deterioro del funcionamiento de su gobierno. Sin embargo, la tasa de participación subió indicando la activación de las fuerzas políticas.  La frustración del pueblo es evidente. El congreso americano goza de una tasa de aprobación de tan solo 21 por ciento comparado con el 40 por ciento en el año 2000.

La polarización actual tiene dos fuentes principales, una política/institucional y la otra identitaria/cultural/económica. A su vez, la política/institucional se puede dividir en dos categorías: reformas hechas con intenciones apartidarias y aquellas hechas con intereses políticos en mente. De la misma forma, las causas identitarias/culturales se atribuyen a varios factores, por un lado económicos, y por el otro, culturales. 

Reformas políticas: consecuencias inesperadas

Hay tres reformas políticas de los últimos 50 años que si bien se hicieron con intenciones de incrementar transparencia y rendición de cuentas y para proteger la libertad de expresión (cosas que probablemente hayan logrado los tres), también tuvieron consecuencias polarizantes no intencionadas. 

El sistema de elecciones primarias.  La forma de elegir los representantes políticos en los Estados Unidos se basa en elecciones primarias intrapartidarias.  Los candidatos se postulan internamente y compiten entre sí para ganar la nominación de su partido.  Después de la convención democrática de 1968, donde gana Hubert Humphrey sin haber participado en ninguna primaria, el partido establece la obligatoriedad de las primarias. Es un paso que busca mayor participación del público y transparencia en la forma de elegir candidatos. Esto permite mayor independencia de los candidatos de la maquinaria partidaria lo cual favorece a candidatos con plataformas cada vez más extremadas para distinguirse de sus contrincantes. Al mismo tiempo, reduce los controles del partido por ubicar a candidatos que el partido pueda considerar más viable en las elecciones generales. 

El fin del dando y dando.  Durante más de un siglo, legisladores del congreso reclutaban adherentes del otro partido a sus iniciativas mediante el financiamiento de proyectos sin relación alguna a la iniciativa. Es así que una iniciativa sobre reformas educativas podría también ser vehículo para financiar una obra de infraestructura completamente ajena (y posiblemente inútil) a los objetivos de la iniciativa. La práctica se prestaba a todo tipo de micro corruptelas o, por lo menos, de permitir gastos públicos en proyectos de beneficio exageradamente limitado o nulo. Sin embargo, era la forma de sumar aliados estratégicos a iniciativas que de otra forma no prosperarían. Esta práctica se termina en el 2011.  Si bien, fue un paso adelante para la transparencia y para controlar el gasto público, terminó eliminando un factor mitigante de la polarización política. La prueba está en que previo al 2011 el congreso aprobaba 12 iniciativas con gastos específicos al año. Entre el 2011 y el 2018, solo una iniciativa de gastos fue aprobada, a cambio, el congreso optó por iniciativas masivas generales, en gran medida extensiones de lo que se había aprobado el año anterior. No está claro que un retorno a estas prácticas aceitaría la maquinaria legislativa, pero sí queda claro que su eliminación contribuye a su congelamiento.

La (des)regulación de los medios.  La llamada Fairness Doctrine (La doctrina de la equidad) se estableció en 1949.  Obligaba a difusores de la radio y televisión a presentar puntos de vista contrastante sobre cualquier tema de interés público.  En 1969 la Corte Suprema declaró que la doctrina era no solamente constitucional, sino esencial para la democracia ya que permitía que la ciudadanía tuviera acceso a varios puntos de vista y llegara a sus propias conclusiones. Con la proliferación de medios y formas de comunicación, y en un clima político antiregulatorio reganiana, la doctrina se cae en 1987. Hoy, viviendo en esta era de postverdad en donde se suele elegir medios por su grado de coincidencia con las creencias de sus consumidores, es fácil ponerse nostálgico por regulaciones que de alguna forma obliguen a ciertos criterios periodísticos en los medios. 

La preponderancia de la opinología mezclada con la difusión masiva de falsedades polarizantes es un factor clave de la dinámica actual.  Expertos antiterroristas de ambos partidos observaron que el clima de desinformación llamando al conflicto no es nada menos que una radicalización al estilo de sectas religiosas violentas.  Hoy, con un reclamo falso de prejuicio en su contra, Donald Trump busca modificar la ley que permite a las plataformas sociales moderar sus contenidos al mismo tiempo que los libera de responsabilidad en caso de que aparezca contenido falso de parte de sus usuarios. Como es su costumbre, reclama lo contrario a lo que ocurre, diciendo que la ley reduce la libre expresión. En realidad, su intención es limitar el derecho de las plataformas de verificar la veracidad de sus declaraciones y las de sus aliados. Por el momento, en un episodio casi único en los últimos cuatro años, el partido republicano no parece estar de acuerdo. Sin embargo, se vislumbra la forma de que un autócrata pueda influir sobre las reglas de libre expresión para favorecerse.

Reformas políticas: el costo de la reciprocidad y la carrera hacia la polarización

Algunas reglas del juego político están por escrito mientras otras se observan por tradición. La modificación de las reglas para fines partidarias es un arma de doble filo ya que si un partido encuentra la forma de darse una ventaja mientras ocupa el poder, difícilmente el otro partido revertirá la regla una vez que llegue al mando.  El costo de la reciprocidad se observa en los siguientes ejemplos, cada uno contribuyente a la polarización. 

La regla de HastertLa llamada reglaes en realidad una tradición que estipula que el partido en el poder no dejará salir una iniciativa de la comisión en donde se discutió si la mayoría del partido mayoritario no está de acuerdo con la iniciativa, inclusive si la iniciativa tendría los votos para prosperar en el pleno.  Es decir, el partido minoritario podría hacer una coalición con algunos del partido mayoritario para aprobar una iniciativa. Pero para lograr un voto en el pleno, el líder de la cámara baja tiene que ponerlo en la agenda del pleno. Desde 1995 con Newt Gingrich al mando, se deja de considerar este tipo de iniciativa y se establece informalmente esta “regla” y se elimina un mecanismo más para el funcionamiento legislativo.

La opción nuclear y la politización del proceso judicial.  El sistema político estadunidense está armado para proteger las minorías políticas. Su razón de ser era obligar a las mayorías a obtener el consentimiento de las minorías para lograr sus agendas políticas generando así concesiones y reciprocidad en el poder. En las últimas décadas, estas tradiciones se transformaron en armas de poder de las minorías. Cada presidente nomina jueces y miembros de su gabinete y otros puestos de alto valor político y el Senado tiene que aprobarlas. Lo que antes era generalmente un acto simbólico se convirtió en un extremismo político durante la administración de Obama cuando la minoría republicana bloqueaba todo tipo de nominación, en particular sus nominaciones judiciales. Los demócratas decidieron cambiar las reglas, y optaron por la llamada opción nuclear, permitiendo así aprobar las nominaciones con una simple mayoría en vez de los 60 votos de 100 previamente requeridos. La excepción a la regla eran las nominaciones a la Corte Suprema. Una vez en la minoría, los demócratas pagaron caro ese cambio ya que los republicanos luego aplicaron la opción nuclear a las nominaciones de la Corte Suprema, negándole al presidente Obama su nominación a la Corte Suprema y confirmando tres jueces durante el mandato de Trump, corriendo la composición de la corte hacia la derecha para los siguientes 20 años.   

Desde hace más de 100 años, dibujar los distritos electorales en los Estados Unidos se convirtió en un arte marcial político. El partido que controla las legislaturas estatales puede cambiar los distritos electorales cada 10 años después del censo”

GerrymanderingDesde hace más de 100 años, dibujar los distritos electorales en los Estados Unidosse convirtió en un arte marcial político. El partido que controla las legislaturas estatales puede cambiar los distritos electorales cada 10 años después del censo. Las formas de dibujar estos distritos se hizo a raíz de criterios políticos burdos y poco democráticos. La táctica más común es borrar la posibilidad de victoria electoral para algún bloque demográfico y geográfico. Esto se hace incluyendo algún bloque votante dentro de un distrito contrario más grande de tal forma que se vuelva minoritario ese bloque y sin posibilidades de victorias en los comicios, o se divide el bloque entre dos distritos del partido mayoritario generando así minorías en cada distrito. Hay casos en donde en un barrio predominantemente afroamericano el límite del distrito pasa por en medio del barrio. Cada mitad del barrio queda en un distrito con una mayoría que vota en su contra, en efecto anulando la efectividad de su voto. Esto contribuye a la sensación de abandono por el Estado y es un factor adicional de aumento de frustración. 

Es así que las reglas del juego político conducen hacia la polarización. Mucho se dijo sobre los temas culturales que contribuyen a la polarización. Pero las reglas formales e informales de la política también influyen sobre la institucionalización de la polarización. Los fundadores de este país incluyeron medidas para proteger a las minorías políticas. Durante muchos años tanto la mayoría como la minoría sabía que a la siguiente vuelta de la fortuna política les podía cambiar de lugar, y por ende, había que proteger los derechos de los de arriba y los de abajo. Sin embargo, muchas de las protecciones como incentivos a la colaboración dentro del congreso y entre el legislativo y el ejecutivo se desmantelaron

Factores de identidad, cultura y economía

En las últimas décadas las ortodoxias políticas vieron cambios tectónicos. El discurso político conservador tradicional giró de estar a favor del libre comercio a estar en su contra. Su oposición a la inmigración fue el elemento más constante.  En el escenario conservador actual los dos temas están íntimamente ligados. 

Libre comercio.  Durante su campaña de 2016, Donald Trump decía que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) era un mal tratado. De hecho, cualquier tratado de libre comercio parecía ser el enemigo del pueblo.  Estas declaraciones señalaban un distanciamiento con la postura tradicional republicana, generalmente a favor del libre comercio, apostando a la eficiencia del mercado y a los arreglos favorables a las grandes empresas. En su momento, los demócratas se interesaban en proteger a los trabajadores y sus empleos. Pero cuando llegó Bill Clinton a la presidencia, cambia el rumbo de su partido y logra el TLCAN. Y en efecto, los resultados del tratado eran de esperarse. La manufactura salió de la economía americana rumbo a lugares con costos de mano de obra bajas a cambio de la importación de bienes más baratos. Si bien la economía del país se centra ahora en los servicios, la salud y las finanzas, la clase obrera estadunidense todavía no encuentra el reemplazo de los trabajos en las fábricas de antaño. Es en parte a esto a lo que se refiere Donald Trump cuando habla de Make America Great Again. Por primera vez en la historia, las generaciones siguientes no esperan tener el mismo nivel de vida que la generación anterior y su expectativa de vida se está achicando. 

Urbanización.  Mientras tanto, la migración hacia las urbes continúa. En los pueblos, los comercios corporativos reemplazan a los PYMES lo cual genera más disrupción de las economías locales, de por sí estresadas.  Esto termina generando menos oportunidades en áreas rurales mientras que los motores económicos y de cambio cultural migran hacia las áreas urbanas. Las urbes suelen tener más diversidad demográfica y económica y tienden a ser demócratas, mientras que los distritos rurales suelen ser tener menos diversos económica y demográficamente, y tienden a ser más republicanos. Las economías rurales estadunidenses continúan su búsqueda para reemplazar la manufactura, producción energética o agricultura, actividades enormemente reducidas por el libre comercio y otros factores del mercado.   

Movimientos sociales, inmigración y la evolución de la identidad americana.  Al mismo tiempo, cambios en la cultura a raíz de décadas de movimientos sociales empiezan a dar fruto: movimientos feministas, de derechos civiles, de LGBTQ y de los derechos de trabajadores migrantes cambiaron la cara de la identidad primaria del país. Mientras que las mujeres, LGBTQ, afroamericanos y latinos han sido parte de la historia de los Estados Unidos desde su fundación, la visibilización y valoración de estas poblaciones es relativamente reciente. La legislación, los programas económicos y la representación en los medios cambiaron a lo largo de los años buscando igualar, exponer y proteger el valor, las oportunidades, los derechos y las contribuciones de estas poblaciones. Todo esto se da principalmente en las urbes. 

Además, la llegada de trabajadores de todo el mundo al mercado laboral americano es vista con el resentimiento de los “nativos.”  La sensación de alienación económica y cultural es campo fértil para el desarrollo del típico discurso xenofóbico y racista en contra de los inmigrantes –vienen a quitarnos el trabajo y a utilizar los servicios sociales y a cambiar nuestra forma de vida, son flojos y oportunistasCon su facilidad de simplificación retórica, Trump fue hábil para aprovechar esta sensación y de venderse como el hombre fuerte que acabará con la migración. Sus tácticas ilegales de detención y separación de familias se recibieron con los brazos abiertos por sus seguidores y todo lo contrario por sus críticos, abriendo otra frente más para la expresión de la polarización.

Es así que se dibuja la polarización entre la población rural, conservadora y económicamente golpeada en comparación con la población urbana, cosmopolita y relativamente favorecida en lo económico. La población rural además de sentirse abandonada o traicionada observa lo que perciben ser el favoritismo a las poblaciones previamente ignoradas (y, por ende, ausentes de su imaginario colectivo como de la identidad nacional) o desde su punto de vista ilegales. Y entonces, además de percibirse como víctima de políticas macroeconómicas, no se hallan en la visión emergente de lo que es ser americano en todos sus aspectos: raciales, culturales, políticos, religiosos.  Esta sensación genera frustración que se va convirtiendo en agresión. 

La cara representativa de estos cambios culturales bien puede ser la de Barack Obama. El desfase cultural es evidente. Para el ser rural, Barack Obama representa todos los cambios que siente que lo puso contra la pared. Todos los miedos de no pertenecer a la identidad americana florecen y con ellos grupos violentos. Según el Southern Poverty Law Center, durante el primer año de la administración de Obama (2009), la cantidad de grupos “patriotas” anti-gubernamentales se triplicó. 

Al mismo tiempo, se observa una creciente actitud de individualismo en donde el derecho a la libre expresión, el derecho a tener armas y el derecho de no ponerse máscaras para prevenir el Covid-19 priman sobre todos los demás derechos sin importar la consecuencia: la libertad es el fin, no el medio para la prosperidad. El ciudadano rural conservador de hoy privilegia su libertad individual sobre todo lo demás. Cualquier intervención gubernamental es una imposición ilegítima. Por ende, el contrato social se encuentra debilitado y frágil. Este individualismo se enfrenta con cualquier noción de colectivismo americano. Cualquier sistema de cuidado común entonces es visto como sospechoso y posible vehículo socialista para conquistar al país. Curiosamente, las soluciones macroeconómicas que darían salida a los problemas económicos rurales suelen ser de naturaleza colectivista y por ende contracultural: el sistema médico universal, las guarderías del estado, y las mejoras de la infraestructura y la educación, por ejemplo. 

Lo que parece inhibir este terreno común es la diferencia fundamental de valores de los polos. Mientras del lado derecho prima la libertad individual absoluta, del otro lado prima la preocupación por los de abajo. Pero por su preocupación y énfasis en minorías étnicas y culturales y su aparente desdén por la clase obrera blanca, la izquierda parece ser incapaz de conectar con el otro lado. Volvemos entonces al aspecto identitatario. Por algo tuvo éxito Bernie Sanders (hombre, blanco, mayor de edad) con los votantes de Trump que no ha logrado Alexandria Ocasio-Cortéz (mujer, hispana, relativamente joven). 

Los extremos de ambos lados de la moneda política reclaman lo mismo: la exclusión del actual modelo económico. Ambos reclaman el desdén y la falta de oportunidades para la clase obrera, ambos reclaman que el sistema favorece a los ricos y pudientes, ambos reclaman la captura de los gobernantes por las grandes corporaciones y el olvido de la gente común”

Sin embargo, los extremos de ambos lados de la moneda política reclaman lo mismo: la exclusión del actual modelo económico. Ambos reclaman el desdén y la falta de oportunidades para la clase obrera, ambos reclaman que el sistema favorece a los ricos y pudientes, ambos reclaman la captura de los gobernantes por las grandes corporaciones y el olvido de la gente común. Más allá de sus diferencias culturales, esta coincidencia posiblemente represente la mayor oportunidad de encontrar el puente entre los polos. Quizás por ser un hombre blanco y mayor de edad, Biden tenga una oportunidad que se le negó rotundamente a Obama. 

¿Qué salidas a la polarización?

El politólogo Robert Putnam señala que los Estados Unidos tuvieron periodos alternantes de individualismo (mayor polarización) y colectivismo (más unión).  Los períodos de individualismo suelen caracterizarse por una tremenda desigualdad y polarización (el período después de la guerra civil, a finales del siglo XIX o la década de los años 1920). Estos períodos prepararon la cancha para los momentos de mayor colectivismo y unión nacional como fue el caso durante el principio del siglo XX y los años 1930 a 1950. ¿Es posible pensar que las secuelas económicas y humanitarias de la pandemia puedan impulsar un renacimiento de la identidad colectiva estadounidense?

Y en cuanto a mecanismos del sistema político, recientemente la Academia Americana de Arte y Ciencia publicó un reporte con 31 propuestas que incluyen reformas políticas como expandir la cantidad de representantes en la cámara baja (y así el colegio electoral), cambiar a un sistema de votación, priorizado tener múltiples representantes de un solo distrito (para alivianar el tema del gerrymandering), limitar el mandato de los jueces de la corte suprema a 18 años y otros adicionales. 

Está claro que la polarización en los Estados Unidos se genera a raíz de fallas en el sistema político, además de elementos culturales impulsados por cuestiones económicas. La gran interrogante de este momento es si el presidente electo podrá avanzar en cualquiera de los frentes. Desde ya su discurso dirigido al otro lado es conciliador. Hasta ahora no parece haber mucha recepción. Si Biden logra mejorar la condición económica de la realidad rural de los Estados Unidos, puede contribuir a mitigar la polarización del país. Mientras tanto tendrá que luchar no solo en el frente republicano, sino también en el frente contra las facciones dentro de su propio partido pidiendo reformas sociopolíticas y económicas aceleradas. Muchas de estas reformas beneficiarían a aquellos que se sienten más alienados en el momento actual. Está por verse si Biden es capaz de generar las coaliciones necesarias para legislar y de penetrar la cortina de desinformación de los campeones mediáticos de la polarización.

Finalmente, el país corrió con la suerte de tener un autócrata incompetente sin un plan ni estrategia coherente para implementar su visión fragmentada. Trump fue un comunicador hábil guiado por sus instintos. Sus improvisaciones mediáticas se interpretan retroactivamente por sus habilitadores de la forma más oportunista del intérprete. Si bien tomó a su partido como rehén mediante sus tácticas de arrasar con las carreras de aquellos que se le cruzaron, la voluntad del partido por dejarse capturar no deja de sorprender, prefiriendo victorias de corto plazo sobre la seguridad de los procesos de reciprocidad que garantizarían la gobernabilidad de largo plazo. 

Además de otros logros perversos, Trump será el peor expresidente de la historia.  No cabe duda que violará todas las normas implícitas de los exmandatarios, haciendo su mejor esfuerzo por polarizar y así obstaculizar la gobernabilidad de la nueva administración y poner en marcha esquemas de desinformación que le favorezcan económica como políticamente.  Está por verse qué reacción tendrán sus aliados políticos, personajes ansiosos por gobernar aunque seguramente hartos de su estilo de liderazgo impredecible y caprichoso.

Por el momento, el sistema judicial paró los esfuerzos de Trump por acabar con la democracia americana. Jueces ultraconservadores nominados por él mismo rechazaron sus peticiones legales para anular las elecciones. No obstante, quizás el mayor riesgo para la democracia americana ahora es que Trump creó un modelo alternativo posible. El día que a los Estados Unidos le toque un gobernante más hábil, con una visión genuinamente ideológica, que vaya más allá de la promoción de sus negocios, que busque generar cambios de larga data, con objetivos y estrategias acordadas entre las coaliciones internas, que comprenda y sepa manejar los mecanismos de poder a su disposición, en ese momento se acabará el experimento democrático americano. La esperanza para los Estados Unidos radica en que la experiencia de haber sido rehén de Donald Trump sirva como la necesaria vacuna contra ese despropósito y decadencia. [T]

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