jueves, abril 15, 2021
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

Mediación en clave crítica

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En un periodo introspectivo como el de la pandemia, la autora reflexiona en profundidad sobre la resolución de conflictos y la mediación. Invita a repensar, pero (sobre todo) a intervenir inspirados por la indignación ante el actual estado de cosas.

• Por LILIANA MARÍA CARBAJAL
Especialista en Mediación y Gestión de Conflictos (sociales, urbanos, territoriales) y es autora de publicaciones diversas y participa como panelista o conferencista en congresos nacionales e internacionales en las temáticas asociadas.

El mundo que esta partido, partido por la mitad, no puede sanar su herida, su herida de humanidad, película repetida de una trama fantasmal. Aporofobia, Murga Agarrate Catalina

El siglo XXI dio varios pasos en la expansión del capitalismo, un capitalismo de acumulación por desposesión (David Harvey), de financiarización de las ciudades (Raquel Rolnik), de desplazamientos y expulsiones (Saskia Sassen) y de la construcción de subjetividades en el orden capitalista, colonial y patriarcal (Suely Rolnik). Tenemos enfrente un nuevo escenario global, hemisférico, regional, cargado de conflicto y repetición.

En este escenario, se suceden expresiones sociales de distinta cualidad e intensidad: tumulto, alboroto, estallido, convulsión, rebelión, reventón social, entre otras. En lo general el malestar tiene el mismo motor: las desigualdades sociales, espaciales, territoriales y la injusticia ambiental. Se redefine así la acción colectiva y se configuran escenarios de democracia callejera: ciudades rebeldes (David Harvey), ciudades que resisten (movimiento feminista, Facultad de Arquitectura y Urbanismo UNLP), ciudades (re)negadas (María Cristina Cravino). Un grito y una demanda: ¡No va más!

Tsunami de protestas

El que se vayan todos en Argentina (2001), la Primavera árabe (2010), el Occupy (2011), el 15M o el movimiento de los indignados y su se va a acabar, se va a acabar, se va a acabar la paz social en España (2011), las protestas estudiantiles en Chile (2001, 2006, 2011, 2013 y otras), YoSoy132 (México 2012), las masivas manifestaciones en tiempos del Mundial de Fútbol (Brasil, 2014), protestas por ejecuciones hipotecarias en tantas ciudades desde Estambul a New York, la desaparición de 43 jóvenes maestros normalistas (México, 2014), el ni una menos o la marea verde en clave feminista con epicentro en la Argentina (2014) y las que siguieron, nos llevan a pensar que vivimos en un tiempo intensamente convulsionado. Estos escenarios se repiten: la ocupación de la Universidad Politécnica-PolyU Hong Kong, el Tsunami Democrático (asociación independentista catalana), los jóvenes por el clima, el #21N #22N, #23N en Colombia contra del paquetazo en Ecuador, el 18/O en Chile, la convulsión social y política a partir del proceso electoral en Bolivia.

Ya en tiempo de pandemia (2020), se producen las masivas protestas en Estados Unidos a partir del crimen de George Floyd, que se extendieron en todo el mundo como manifestaciones de distinta magnitud contra los racismos, bajo el lema Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan). Todos los movimientos del mundo estaban en la calle para manifestar el agotamiento, el hartazgo, el momento de condensación de reclamos o expectativas históricas, asociados o no al objeto que da origen a esa irrupción, y un propósito: cambiar el estado de las cosas. Sin embargo, no todo lo que se movió a nivel de iniciativas colectivas apunta a los derechos económicos, sociales, culturales, urbanos y/o humanos. Emergen también movimientos que apuestan a sostener un modelo o simplemente sus privilegios, discursos racistas, xenófobos o de aporofobia (odio, desprecio a los pobres), a los que se suman aquellos que intentan desmarcarse de una categoría que los incluye, en un gesto propio de lo que describe Álvaro García Linera como deseo de pertenencia a una clase social –así sea aspiracional–, que se presentan activos y se vigorizan en este tiempo incierto. Queda así reavivado y renovado el escenario de turbulencias.

El Covid-19 interrumpe, suspende o reduce estas expresiones, a la vez que parece cambiar las coordenadas y la realidad espacio-temporal de las ciudades. Estallan categorías, pero fundamentalmente la pandemia hizo visible –o puso una lupa–  a la vez que reproduce o sobre-imprime las condiciones de injusticia social urbana ambiental en nuestra región y arroja millones de personas a la pobreza (nuevos pobres se llamó en la Argentina en el marco del avance del neoliberalismo y que culminó con la crisis de 2001). Una crisis que son muchas crisis (Multicrisis, como lo denomina César Rojas Ríos desde el título de su libro) y que abre nuevas preguntas. Seguramente vendrá un tiempo de nuevas formas de acción colectiva, el pensamiento crítico adquirirá o requerirá de nuevos sentidos, a la vez que se necesitan nuevas respuestas. Como señala el arquitecto Jorge Pérez Jaramillo, referente del proceso de transformación de Medellín, al referirse a la necesidad de un nuevo paradigma urbano: preguntas renovadas, que requieren respuestas aplazadas: la ciudad aplazada de muchas otras pandemias: la inequidad en todas las dimensiones. Se abren escenarios de viejos y nuevos conflictos y se abren caminos y propuestas de futuros alternativos en el mundo post-pandemia. La nueva noción de contemporaneidad, dice Boaventura de Sousa Santos, es diversa y apunta a la co-presencia de lo antinómico y lo contradictorio, lo bello y lo monstruoso, lo deseado y lo no deseado, lo inmanente y lo trascendente, lo amenazante y lo auspicioso, el miedo y la esperanza, el individuo y la comunidad, lo diferente y lo indiferente, y la lucha constante por encontrar nuevas correlaciones de fuerza entre los diferentes componentes del conjunto. En cualquier caso, el futuro está siempre en disputa.

La resolución de conflictos interpelada

Un campo que se dio en llamar gestión o trasformación de conflictos se encuentra en una encrucijada, o tal vez, desde siempre, estuvo allí. ¿Qué es lo que hacemos? Trabajamos por la paz, suele decirse, pero la pregunta fundamental sigue sin respuesta, ¿qué paz promovemos? ¿La Paz blanca, la Paz de la opresión, la Paz de la desigualdad, la Paz de la discriminación, la Paz del silencio, la Paz del control?, ¿del tipo ganar la Paz para perder la Tierra como en Colombia? ¿O una Paz en base a otro orden de palabras y cosas? Suele señalarse desde el análisis de estos procesos en sus distintas formas, que podemos llamar Mediación no como proceso, aunque lo incluye, sino como instancia, que es un instrumento más del urbanismo neoliberal y del colonialismo cultural. Si revisamos los referentes teórico-metológicos de estos procesos, de dónde venimos y hacia a dónde vamos, veremos que la colonización del inconsciente, la construcción de subjetividades en base a ciertos modelos de pensamiento y proyectos políticos también llegó a nosotros (Suely Rolnik). Los modelos o procesos, inclusive los que invocan la transformación del malestar en base a abordar las cuestiones estructurales en juego, suelen apelar a los mismos idearios.

No queremos más diálogos, ya participamos de 21 diálogos y no hacen nada. A esto el Manual de la OEA lo interpreta como que hay una fatiga del diálogo, cuando lo quehay es un hartazgo de procesos que no conducen a nada

La encrucijada es el lugar donde se cruzan caminos de distinta dirección y no se sabe cuál de ellos escoger. Ramona (42 años), una referente social de una villa miseria (Villa 31) de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sin acceso a un hábitat digno (1), haciéndose cargo de un comedor comunitario, muere por COVID-19. Roger Waters (cofundador de la banda Pink Floyd) envía a la familia y al barrio un sensible y bello mensaje: Iba a decir que no tenía palabras, pero sí sé que decir, sé exactamente qué decir, Ramona tenía razón. Ramona decía: Todo el día diciéndonos que tenemos que lavarnos las manos para protegernos del virus, pero no tenemos agua. Un íntimo y breve recital (vía digital) para la Villa 31 completa este gran gesto de Roger Waters. En cuanto a nuestros caminos, yo también sé que decir, Adela, consejera de la Villa 31, una mujer inteligente y luchadora, tuvo razón. En una villa en la que trabajan defensorías del pueblo y judiciales, la asesoría tutelar, centros de acceso a la justicia, mediadores, en uno de esos espacios que se suponen para gestionar/abordar los conflictos, y que más bien devienen en espacios para apaciguar, desactivar, desarticular la acción colectiva, como modo de control social o de validación social institucional, Adela estalla con un grito: ¡Basta con esta maldita farsa! (Reunión comité de crisis por Covid-19, Villa 31, 29 de mayo 2020).

Estas y tantas otras expresiones interpelan. Un Manual de la Organización de los Estados Americanos (OEA) recoge uno de los dichos de una referente indígena: No queremos más diálogos, ya participamos de 21 diálogos y no hacen nada. A esto el Manual de la OEA lo interpreta como que hay una fatiga del diálogo, cuando lo que hay es un hartazgo de procesos que no conducen a nada. En la Ciudad de Buenos Aires, suelen escucharse expresiones de los actores en el mismo sentido: Nos jodieron siempre, vienen para que levantemos el acampe o el corte [de la calle], pero después chau!!!! No hacen nada, la Mesa (de gestión participativa) fue para entretenernos, militarizan los barrios para que la gente no se rebele, hacen que escuchan-hacen que hacen, estamos vaciados, hicieron lo que quisieron, compraron gente y nos fueron dividiendo, estamos solos, no tenemos quién nos defienda. Estas y tantas intervenciones en el territorio lleva a decir a la organización social –a la que pertenecía Ramona y que Boaventura de Sousa Santos destaca como de las más relevantes de Latinoamérica– , La Poderosa: Entonces nos queda nuestra propia capacidad de organizarnos, para cuidarnos de los que vienen a salvarnos. Como señalaron algunas voces en el último Congreso Mundial de Mediación, es preciso reflexionar acerca del conflicto en el propio campo (Rosa María Olave).

No se trata de entusiasmo ni de voluntarismos, tampoco de celebrar la paz o un acuerdo cuando es por demás visible que la intervención solo sirve para calmar las aguas, y todo se vuelva a ordenar, cada cual a su lugar. A modo de ejemplo, pensemos en el proceso de diálogo desarrollado en Ecuador en 2019, del que Rafael Correa dijo: ¿Qué diálogo? ¡Eso no fue un diálogo! Los propios operadores del proceso asumen que la intervención en crisis fue positiva, se pudo parar la escalada… pero se necesitan procesos más elaborados para diálogos generativos (Francisco Diez).

 Otro es el caso de los relatos que asumen el reemplazo de autoridades de gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia eludiendo la idea de golpe de estado y tantos testimonios de la violencia sufrida por actores políticos y sociales. Dijo Evo Morales: ¡Quemaron la whipala! Alguien agregó: Se cargaron un entramado político, social, cultural. Y entró la Biblia al Palacio de Gobierno como única moral (Bolivia 2019). Tampoco se trata de reconciliación o el perdón en contextos de violencias sustantivas, de delitos de lesa humanidad, como se sugiere o se propone desde discursos que pueden observarse como una suerte de pasaje de la banalidad del mal a la banalidad del bien.

En este sentido, el camino recorrido en la Argentina en términos derechos humanos y los delitos de lesa humanidad de la última dictadura militar, no aspiraba a una reconciliación ni al perdón, ni olvido ni perdón fue –y es aún hoy–  el canto en las calles; sino Justicia y Memoria para un Nunca Más. Este fue un camino difícil, complejo, doloroso, inacabado, pero ha sido altamente restaurativo en lo humano, en lo social, en lo político. Las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo son un ejemplo y un símbolo para siempre. Luego, en situaciones en las que las violencias no se presentan de modo radical, o también en ellas, podemos tomar del pensamiento de Gianni Vattimo una clave para pensar estos procesos: Del diálogo al conflicto, antes está la violencia, la búsqueda de eliminar al otro, sea física o discursivamente, solo cuando llegamos al diálogo podemos encontrarnos ante el conflicto. Podemos entonces formular de la violencia al diálogo, del diálogo al conflicto. El diálogo es en sí un espacio conflictivo.

La interculturalidad en el tapete

En un rico y estimulante panel del Congreso Mundial de Mediación se abordó la cuestión de la interculturalidad, la cuestión de la migración o las condiciones de los inmigrantes (Mara Morelli). Recordé que alguna vez decidí discutir la inscripción en una convocatoria de nuestro campo: Conflictos derivados de la inmigración indocumentada. El debate incluyó términos como migrante ilegal. Se me hizo pertinente la pregunta, ¿quiénes somos? Esto es, ¿son ilegales los niños perdidos?, como los llama Valeria Luiselli –en su novela Desierto Sonoro– a los niños refugiados o los que serán deportados, de algún modo son niños perdidos, perdieron el derecho a su niñez. En su ensayo, en el que analiza el cuestionario y las circunstancias en las que se decide su futuro dice: son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo, palabras llenas de desconfianza, palabras fruto del miedo soterrado y la humillación constante. Su relato nos interpela, habla de un hombre y una mujer que llegan a una manifestación por la crisis migratoria (2014): me pregunto qué pudo haber pasado por las mentes de Thelma y Don cuando metieron en su cajuela sus sillas de playa esa mañana en Tucson [junto a] sus pancartas: Ilegal es un crimen… Otra vez, cuando llamamos inmigrantes indocumentados o ilegales, a quienes solo buscan una vida mejor o simplemente una vida, y a veces encuentran la muerte, ¿quiénes somos?

En nuestras ciudades se trazan también fronteras materiales o simbólicas. Distintas tramas de sentido en la experiencia urbana, narrativas legitimadoras y des-legitimadoras (de usos, de personas) que producen o estimulan una secuencia frecuente en las ciudades: intervenciones urbanísticas (proyectos de renovación urbana, emprendimientos inmobiliarios o embellecimiento de las ciudades), desplazamientos, resistencia, represión, expulsiones, la vida a la pura intemperie porque la ciudad ya no cobija (Gabriela Massuh). Asimismo, se disponen estrategias y mecanismos de control social y espacial, que van desde el urbanismo militarizado a los acuerdos de convivencia –tan celebrados en nuestro campo y tan desprestigiados en el análisis o la crítica social–  que, en nombre de la seguridad ciudadana y la convivencia pacífica se organizan alrededor de los valores de una comunidad de iguales, y la expulsión de aquellos que no encajan: ocupas, vendedores ambulantes, trabajadoras sexuales, jóvenes. En suma, una progresiva jerarquización social y espacial de la ciudad y de la Vida.

En el 2º Congreso Latinoamericano de Justicia Restaurativa (2020), se hizo referencia a que la propuesta de Boaventura de Sousa Santos sería una utopía y a la idea de fortalecimiento comunitario como clave para abordar la conflictividad social. En cuanto a lo primero tal vez se trate de una utopía, pero ¿para qué sirven las utopías? Sirven precisamente para orientar el camino. Luego, mi experiencia en el territorio me permitió acercarme a las Ramonas –y a los Ramones–: Mariluz, Ezequiel, Choro, Diego y tantos otros, a su hábitat, a sus dolores, sus alegrías, sus solidaridades y sus deseos, que me revelaron que si algo saben las organizaciones sociales es de autoorganización, de productividad social y de acción colectiva. Lo que les falta no son herramientas de resolución de conflictos, o tal vez sí, fundamentalmente les falta un Estado ausente y los canales y espacios para transformar una realidad injusta, a veces abrumadora.

Cuando el presente es abrumador, dice Valeria Luiselli, resulta difícil imaginar un futuro. Trabajamos juntos en construir esos espacios, de-construir narrativas, construir nuevas narrativas, delinear horizontes, trazar caminos, recorrerlos. Debatimos, confrontamos, consensuamos, a veces bien y a veces mal. Se construye confianza en base al respeto. El respeto, no en el sentido de los buenos modales, sino en el sentido profundo, esto es, pensar e interactuar con los actores en tanto sujetos de derecho, agentes con capacidad política para producir espacios de poder y contrapoder, de negociación y disputa, protagonistas en la producción y reproducción de la ciudad y de la sociedad urbana, y desde allí leer en las palabras de la furia, el dolor y los deseos. Un puente es un hombre cruzando un puente, escribió Julio Cortázar. Los procesos de gestión/transformación conflictos son un puente cuando los oprimidos, los desposeídos, los marginalizados, pueden transitarlo y desde allí incidir en las políticas públicas, cambiar las reglas de juego. A veces igual gana el puro poder, no atropellen a la gente, dijo Sánchez, uno de esos jóvenes de la Villa que en su fisura no pierde la claridad y profundidad, a funcionarios del Gobierno CABA. Los atropellaron igual. Por eso La Poderosa dice: ¡Aunque siempre, siempre perdamos, vamos! En cualquier caso, si el desde dónde miramos, hace al cómo intervenimos, se trata, entonces, de escoger marcos teóricos, modos de acercarnos a contextos de desigualdad sustantiva, de violencia material y/o simbólica, de relaciones de poder asimétricas, otro camino de la encrucijada.

En distintas ocasiones me he referido a lo que entiendo como una suerte de desencaje entre los marcos teórico-metodológicos del campo y las dinámicas (conflictividades) sociales, urbanas, territoriales contemporáneas en las que se interviene. De ahí la invitación, siempre reactualizada, a repensar estos formatos en orden a nuevos -o no tan nuevos modos de observar, analizar o pensar las sociedades y ciudades contemporáneas desde la diversidad de campos disciplinares: las ciencias sociales, las ciencias políticas, las ciencias humanas, los estudios urbanos, y una ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos) o saberes anfibios, acercándonos al cine, la literatura, las múltiples expresiones de arte urbano o de las culturas ancestrales, las epistemologías del sur, que se ocupan de temáticas asociadas.

Esto es un movimiento desde y hacia la mediación. En el reciente Congreso Americano de Mediación, en el que se invitaba a reflexionar, debatir y tomar nuevos desafíos respecto al estado o situación de los métodos participativos de resolución de conflictos, Frank Volker decía que, si bien hubieron avances, habría una suerte de estancamiento y concluyó: nos faltan enfoques. El último Congreso Mundial de Mediación reunió voces expertas de distintas latitudes. Una sucesión de reflexiones, relatos, presentaciones de experiencias, en un clima de celebración y optimismo que si bien expresaba la preocupación por el nuevo tiempo, eludió –aunque fue formulada–  la pregunta: ¿Y si algo estamos pensando o haciendo mal? Tal vez sea oportuna la idea de Marguerite Yourcenar: hacer silencio dentro de uno mismo, para que hable la voz de otro, en su caso Adriano, Zenón….

En nuestro caso, se trata, como señaló Graciela Frías Ojinaga, hacer silencio para poder escuchar a los actores, y agrego: a las voces de resistencia, tanto del poder instalado como las que resisten a los procesos que proponemos, ¿por qué nunca participan esas voces en los congresos? Así resulta un espacio de halagos, felicitaciones y afectos recíprocos, pero tal vez, parafraseando a José –Pepe–  Mujica en la Cumbre Rio + 20, cuando era presidente de Uruguay: Una cumbre y otra cumbre, la pasamos muy bien, pero No avanzamos. El tiempo no para (tema de la Bersuit, recomendación de Alejandro Nató en el Congreso) y no está bueno que quedemos en la primera línea: te compraste las acciones de esta farsa (farsa, dijo Adela) paremos el tiempo entonces para reflexionar y por qué no –como sigue la Bersuit–  correr en la dirección contraria.

Es preciso re-situarnos, un corte en otro lugar (Suely Rolnik), para poder leer los ¡No va más!, la emergencia de un nuevo tejido social, y sumar a ello. Luego, si el derecho a la ciudad es un Grito y una demanda como dice David Harvey, que ese y otros gritos y demandas, encuentren espacios ciertos en donde iniciar una transformación.

Escuchando a Jorge Pesqueira Leal en el Congreso Mundial, y la emoción que transmitió su última presentación, recordé un título de Paulo Freire: Pedagogía de la Indignación. El título no lo puso el mismo Paulo Freire, ya que el libro reúne algunos de sus últimos escritos. Cuando murió, su compañera y sus amigos decidieron organizar la edición del libro y el título vino a ser un homenaje a quien decían: nunca perdió su capacidad de indignarse ante las injusticias.

Por supuesto hay experiencias altamente valorables, aprendamos de ellas, escuchemos a los actores, nunca perdamos la capacidad de indignarnos. Es momento de un ¡A desordenar!, como propone Raquel Gutiérrez Aguilar en su trabajo sobre las luchas sociales (para transformar un modelo o paradigmas primero hay que desordenar lo que hay) y, por qué no, descolonicemos el campo, empecemos a crear las epistemologías del sur para la Mediación. Nos queda entonces, la bella expresión de Juan Gelman en su poema Esperan: otra vez, otra vez, otra vez, vamos a empezar de nuevo, para re-imaginarnos, o como dice la inestimable colega –y exquisita persona–  Fadhila Mammar, reinventarnos. Esto es, apelar a una brújula ética, para reorientar nuestro pensamiento desde una perspectiva que nos permita adentrarnos en la experiencia del mundo (Suely Rolnik), y abogar por prácticas que den lugar a la construcción de Otra ciudad, Otro territorio, Otro orden social. [T]

REFERENCIAS:
El hábitat digno implica el acceso universal a la tierra, la vivienda, las infraestructuras básicas, los equipamientos sociales, los servicios y los espacios de trabajo y producción en un marco de respeto de los rasgos culturales y simbólicos de cada comunidad y de la preservación del ambiente. (Consenso Nacional para un Hábitat Digno, Colectivo Multisectorial Habitar Argentina)

BIBLIOGRAFÍA:
Joaquín Torres García Banksy Bibliografía Aricó, Giussepe-Mansilla, José Stanchieri, Marco Luca (coord.): Mierda de ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales. Observatorio de Antropología del Conflicto Urbano (OACU)- Pollen ediciones, 2015.
Carbajal, Liliana: “Saliendo del Laberinto: Post-Conflicto o Transformación de Conflictos Sociales Urbanos Territoriales” 3° Cumbre Nacional por la Paz. Una mirada a la posguerra. Univerisdad Libre, Cali, Colombia, 2014. – De la Violencia al Diálogo, del Diálogo al Conflicto. Otro Modo de Alcanzar la Paz”, IV Congreso Mundial a Distancia sobre. Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos – E-MARC 2015.: “mayo de 2015. – “Urbanización de Villas y Asentamientos Informales. Oportunidades y conflictos en una Buenos Aires desigual y fragmentada”. III Jornadas Internacionales de Antropología del Conflicto Urbano, Procesos de regeneración urbana y estrategias de control de la conflictividad social. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales-UBA, Observatorio de Antropología Conflicto Urbano (OACU), 2017.
De Sousa Santos, Boaventura: “El coronavirus y nuestra contemporaneidad”, en Alerta Global, CLACSO 2020. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20200826014541/Alerta-global.pdf
Grupo de Estudios Antropológicos (GEA), La Corrala: ¿Por qué no nos dejan hacer en la calle? Prácticas de control social y privatización de los espacios en la ciudad capitalista, Granada, 2013.
Harvey, David: A liberdade da cidade, en Cidades Rebeldes, Boitempo Editorial, 2013 https://www.boitempoeditorial.com.br/produto/cidades-rebeldes-456 Traducción en “El Antropólogo Perplejo, blog José Mansilla.
Luiselli, Valeria: Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas). México, ed. Sexto piso, 2016.
Rolnik, Suely: Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente. Buenos Aires, ed. Tinta limón, 2019.

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