miércoles, febrero 24, 2021
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

Polarización persistente en Bolivia

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En Bolivia se pasó del orden de unos pocos, al orden de otros tantos y no se logra construir el orden de Todos. Mientras unos y otros lo hagan imposible, la polarización persistirá en su lógica política pendular y no habrá ese esperanzado sosiego magnetizador para nadie.

• Por CÉSAR ROJAS RÍOS
Director de la revista Turbulencias, Coordinador Académico del primer Diplomado Latinoamericano en Conflictología y Experto de los Roster de Conflictos y Diálogo del PNUD y del MICI-BID.

El 18 de octubre de 2020, Bolivia arrojó dos datos electorales: el Movimiento al Socialismo (MAS), encabezado por Luis Arce y David Choquehuanca, obtuvo el 55.11 por ciento del apoyo ciudadano; mientras el restante 44,89 por ciento se repartió entre cuatro fuerzas de oposición, destacando el partido de Carlos Mesa con el 28.83 por ciento.

Estos dos datos electorales evidencian un hecho sociopolítico crítico: la existencia de dos polos opuestos y contrapuestos. Indispuestos. Este hecho debe ser comprendido en el marco de la descomposición del viejo orden neoliberal (sesgado hacia las élites y la derecha), la recomposición del orden masista (sesgado hacia sus clientelas políticas y la izquierda) y la procastinación de componer un orden genuinamente democrático (sin sesgos sociales y donde su destino dependa de los ciudadanos sin exclusiones). En Bolivia persistimos morando en la caverna de Platón, donde la población solo divisa las sombras, que manipulan tanto neoliberales como masistas, de la genuina hoguera democrática.

Emergencia del polo indígena-popular

¿Cómo empezó todo?

La dictadura dio paso a la democracia en la década del ´80 ante su agotamiento como modelo de gobernabilidad. Las élites conservadoras (y una esmirriada clase media) pretendían abrir las compuertas a un nuevo régimen político democrático, pero mantener incólume el viejo orden económico, social y estatal. En el sentido más gatopardiano, cambiar para que nada cambie.

Este orden echaba sus raíces en una bipolaridad colonial atenuada, los blancos ricos en la cima, en medio los mestizos y abajo los indígenas. La regla constitutiva: la existencia de facto de una discriminación categorial hacia los sectores indígenas, es decir, el jardín social estaba regado y floreciente de un lado pequeño, pero del otro lado inmenso yacía erosionado y sombrío.

Este arreglo del orden se vivía en la cima con entera naturalidad y un aireado sentimiento de superioridad limado por un paternalismo católico. Y en la base de la pirámide social se experimentaba con resignación y templada resistencia (y, en ciertas ocasiones, resurgían las revueltas indígenas sofocadas con monocorde coerción).

Pero la democracia se iría convirtiendo en un parsimonioso caballo de Troya, pues fue descongelando progresivamente ese orden helado para los de abajo, despertando su conciencia y avivando sus derechos humanos, y estos sesgados estructurales, al calor de ese fuego interior, buscaron acrecentar su representación como intensificar su participación políticas. Era el ethos democrático el que subvertía el orden heredado, empoderando a los de abajo y permitiendo transparentar la deslegitimación de los de arriba. Liberación cognitiva para unos, mala conciencia para otros.

Labor de zapa la suya.

Todo esto se fraguó en un contexto donde la democracia en una andadura de 20 años, no logró democratizarse sociológicamente, sino oligarquizarse en una partidocracia tradicional; entonces vendría el sobrecalentamiento social: los sectores indígenas y populares reclamaron –a caballo de un sinfín de movilizaciones y dos caídas presidenciales– redefinir el contrato social en una Asamblea Constituyente y nacionalizar los hidrocarburos. La fuerza sociopolítica que agitaba estas banderas a los cuatro vientos: el MAS liderado por Evo Morales.

Era el año 2006.

Entonces Bolivia dejaba de ser el país triste en el que se había convertido. Miraba el futuro con esperanza, si bien bullía en el caldero de una democracia de alta tensión por la polarización sociopolítica –la sociedad extremada por estos sesgos estructurales se sintonizaba con un sistema político que también se había extremado. De la grieta social surgía el rugido del radicalismo político–.

Activación del polo clase media-urbano

Los dos primeros años de gobierno del MAS fueron difíciles. Y dar a luz una nueva Constitución fue todavía más dificultoso. La vieja partidocracia y las élites conservadoras hicieron lo posible y lo imposible por bloquear el proceso de cambio. Los ardides como las zancadillas estaban a la orden del día. Y se llegó al extremo con un golpe cívico-prefectural (fallido) en 2008. Luego se viabilizó el referéndum revocatorio de agosto del mismo año, donde Evo Morales fue ratificado como Presidente al obtener el 67.43 por ciento de votos a su favor.

“En Bolivia la arquitectura de la polarización está sólidamente edificada en su bicefalia y ambidiestrismo entre masistas versus antimasistas (y un centro moderado como reducido equidistante de ambos extremos)”

A partir de esa fecha el país empezó a normalizarse gracias al robustecimiento del respaldo electoral, y también debido a que la inclusión indígena se hacía efectiva, la clase media se ensanchaba, la pobreza disminuía, la economía crecía y la polarización se desvanecía. Pero también el autoritarismo y la concentración de poder fueron levantando cabeza y pisando más fuerte. Y los sectores medios urbanos fueron sintiendo que les ponían el pie encima y que el orden se desequilibraba esta vez a favor de los sectores indígenas y populares afines al gobierno del MAS. Esta sensación de subalternidad se vivía con gran intensidad en la interioridad del propio Estado, donde la meritocracia palidecía y se priorizaba la militancia masista.

El gobierno de Evo Morales no era definitivamente el gobierno de Todos, solo se había producido un recambio estructural: una élite partidista había desalojado a las anteriores élites partidocráticas, y los estratos indígenas como populares habían empezado a desplazar a los estratos medios mestizos y blancos de gran parte de las reparticiones estatales. No se trataba solo de una circulación de élites, sino de orillar a todo el viejo orden: política, social, institucionalmente (y se pasó de la patrimonialización partidocrática a la repatrimonialización masista). Una vez más, el jardín social exultaba riego y colorido de un solo lado; mientras del otro lado lucía demacrado.

Y acabó por enardecerse después del referéndum del 21-F cuando Evo Morales desconoció el resultado de la consulta ciudadana: el No a su repostulación había triunfado con un 51.3 por ciento. El Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) también desconoció el resultado y habilitó la candidatura de Evo Morales para las elecciones fraudulentas de octubre de 2019.

Entonces se produjo el flujo y reflujo de ambos polos. El bloque social contrario al gobierno del MAS motorizó las calles hasta generar la caída de Evo Morales; luego el bloque social afín al gobierno del MAS retomó las calles hasta llevar al país al síndrome del abismo. Mediaciones, negociaciones, acuerdos, y finalmente se tuvo un nuevo gobierno presidido por la senadora Janine Añez. Un gobierno que trató de borrar con el codo de un mandato transicional lo escrito por la mano gubernamental del MAS. Un gobierno que se definió y actuó como la contrarrevolución de la revolución democrática y cultural, es decir, pretendió deshacer desde arriba todo lo anteriormente hecho y promovido desde abajo.

La restauración resultó en un desatino estratégico que posibilitó la victoria del MAS y su retorno al poder, aunque esta vez sin Evo Morales a la cabeza. ¿Y ahora será cuándo se conjure la polarización corrosiva al equilibrar el sistema al hacerlo completamente inclusivo y así otorgarle la funcionalidad imprescindible que requiere Bolivia para encarar el despliegue de un turbocapitalismo global? ¿Acabarán los sesgos sociales y podremos los bolivianos salir de las sombras a la plena vivencia de la hoguera democrática?

Arquitectura de la polarización

En Bolivia la arquitectura de la polarización está sólidamente edificada en su bicefalia y ambidiestrismo entre masistas y antimasistas (dos significantes cargados de descalificaciones, resentimientos y revanchismos mutuos), y un centro moderado como reducido equidistante de ambos extremos.

La bicefalia: dos polos que piensan con cabezas ideológicamente disímiles y cerradas cognitivamente, que priorizan la posición política a la integralidad humana (no cuenta la calidad humana, sino la adscripción política sobreexcitada). En este sentido, también la verdad se supedita a la política (sirve o no sirve) y la mentira también se funcionaliza respecto a su instrumentalidad partidaria (si es útil se usa y hasta se abusa). Todo esto sabe a Maquiavelo… ¡y ya se sabe que Maquiavelo apesta!

“En Bolivia la arquitectura de la polarización está sólidamente edificada en su bicefalia y ambidiestrismo entre masistas versus antimasistas (y un centro moderado como reducido equidistante de ambos extremos)”

El ambidiestrismo: dos polos que esgrimen los puños, generalmente en una lucha cotidiana diluida, pero que en periodos críticos como el del pasado octubre-noviembre de 2019 (la insurrección de las clases medias que propicia la caída de Evo Morales y la reacción indígena-popular que rechazó su caída), galvaniza por cada lado en una andanada de golpes belicosos. Y en su intensificación, muy bien podríamos decir –parafraseando a von Clausewitz– que la guerra civil podría resultar siendo la continuación de la polarización por otros medios.

¿Cuál es el objeto de la disputa entre ambos polos? La tentación de monopolizar el poder, controlar el Estado, determinar la distribución de la riqueza y la redistribución del estatus. O sea, que tanto las élites partidarias como sus respectivas clientelas sociales se deshagan o cuando menos orillen a los márgenes de la impotencia a su competencia. Un juego de suma cero, donde unos pretenden ganarlo todo dejando a los otros en la nada. El cielo para los vencedores, el infierno para los perdedores.

En caso de intensificarse la disputa polarizadora (si uno de los polos se ofusca en pretender ganar la batalla para siempre) está claro que la sociedad se arrojará en una espiral mortal al bosque lóbrego de Hobbes: cada polo convertido en el lobo del otro polo y donde las personas de cada polo dejarán de encontrarse en espacios compartidos para enlistarse en sus respectivas trincheras. De ahí se está a un paso de la sangre y las dentelladas.

Pero la polarización no se ha desquiciado en Bolivia y pretende ser metabolizada todavía en democracia (¡no existe ningún otro régimen político que la haga posible!). ¿Qué significa? No solo que ni el Estado ni la economía ni la democracia pueden sesgarse hacia uno de los dos polos, sino que deben abrirse al cobijo de ambos para equilibrar, armonizar y funcionalizar la sociedad. Solo la equidad, la justicia social y el ensanchamiento de la clase media pueden lograr que el sesgamiento socioeconómico se conjure haciendo posible la colaboración y la fraternidad. ¿Esto es posible? Lo cierto es que resulta imprescindible Iluminar el presente con una luz de futuro. [T]

La ruta crítica de la desPolarización (desP)

Si entendemos la polarización como los sesgos estructurales (causas nocivas) generadores de la bicefalia y el ambidiestrismo sociopolíticos (efectos perversos); entonces, ¿qué debiera implicar la desP? Desde la modulación resolutiva que encuadra mi enfoque, significa diferenciar lo estratégico de lo táctico, es decir, lo importante, sustantivo, invisible, arraigado y generativo de lo urgente, relevante, visible, coyuntural y dinámico. Por tanto, debiera articular dos dimensiones: tanto la gestión estratégica de los sesgos estructurales como la gestión táctica de la bicefalia y el ambidiestrismo.

La gestión estratégica de los sesgos estructurales económico, político, social y estatal, implicaría operar sobre estos para transformarlos de divisores en conectores, precisamente en la medida que se los corrija, evitando de esta manera que uno de los polos sociopolíticos tenga los dados cargados a su favor:

  • Sesgo económico: replantear la repartición de los beneficios del crecimiento de un formato clientelar a ciertos colectivos privilegiados a otro universal (sesgo patrimonialista); definir el rol y la contribución empresarial, no solo en términos de beneficio privado, sino de aporte al desarrollo nacional –empleo, productividad e innovación– para evitar la perversa modernización sin desarrollo (sesgo extractivista); y asegurar una línea-piso de dignidad debajo de la cual ningún boliviano lleve adelante su vida (sesgo clasista).
  • Sesgo estatal: uno, institucionalizar la incorporación de funcionarios públicos en términos meritocráticos y no de favoritismo familiar ni lealtad política en todas las reparticiones públicas (sesgo clientelista); dos, nivelar la educación pública respecto de la educación privada para asegurar la igualdad de oportunidades para todos sin distinciones de clase ni etnia (sesgo dualista); tres, devolver a las instituciones públicas, desde las Fuerzas Armadas pasando por el sistema de salud hasta el Defensor del Pueblo, su independencia y su funcionamiento según criterios meritocráticos (sesgo subordinación); y cuatro, impedir que el Estado sea el comité de asuntos, tanto de la burguesía como de los obreros, los indígenas o cualquier otro colectivo humano (sesgo alineamiento) .
  • Sesgo judicial: reestablecer tanto la autonomía del poder judicial en todas sus instancias como la meritocracia del conjunto de sus funcionarios en su jerarquía funcional (sesgo subordinación); y replantear la actual forma de selección de los magistrados por otra que asegure a los más idóneos profesionales en las más altas investiduras (sesgo disfuncional).
  • Sesgo político: democratizar los accesos a las principales posiciones de los partidos políticos (sesgo oligárquico); impedir que sea la política un camino más seguro hacia la riqueza que la propia iniciativa empresarial (sesgo partidocrático); restituir el fair play y la independencia del árbitro electoral, evitando así la desconfianza que la competencia electoral esté amañada y favorezca a uno de los polos sociopolíticos (sesgo favoritismo). En este sentido, el actual Tribunal Supremo Electoral goza de mayor confianza que el anterior y se trata de un sesgo parcialmente corregido y que se debe consolidar.

¿De dónde surgen estos sesgos estructurales que debieran ser corregidos? De la propia dinámica confrontativa e impugnadora de la polarización. La caja negra de los sesgos estructurales se destapó debido a su espiral contenciosa y se revelaron a la vista de todos. Ahora, el gobierno puede seguir el camino unilateral y de juego de suma cero de acentuar los actuales sesgos (gana mi polo), pretendiendo consolidar un esquema de dominación despótico a través del poder infraestructural del Estado (sistemas administrativos, jurídicos, burocráticos, impositivos y coercitivos), aunque siempre correrá el riesgo de que el otro polo se organice y movilice debido a un detonante coyuntural, como sucedió en octubre-noviembre de 2019, sobreviniendo luego un gobierno reactivo; o puede en un acto de lucidez optar por hacer Alta Política.

¿En qué consistiría? En primer lugar, Alta Política, porque quienes la encarnen deberán mirar hondo, lejos y en términos de juego de suma positiva (ambos polos ganan); si bien la calle define emocionalmente los temas es la concertación política al más alto nivel (jefes partidarios, ministros, parlamentarios y dirigentes sociales como empresariales) la que decide y racionaliza los acuerdos vinculantes; por tanto, se trata de una intervención sistemática para poner recto aquello que está torcido y sesgado. Todo esto a su vez requiere de un fixer (reparador o corrector) que ensamble –gracias a su gran capital de recursos políticos– diversos procesos de mediación, negociación y diálogo conectores que apuntalen un Gran Acuerdo por el Bien Común.

En cuanto a la bicefalia y el ambidiestrismo sociopolíticos, se requiere mitigarlos y gestionarlos, evitando que las distancias ideológicas, los golpes calculados y los halcones partidarios, tanto en las cúpulas como en las bases de ambos polos, centrifuguen el escenario de la Alta Política, haciendo imposible que todas las cosas buenas puedan ir juntas para que todos/as los/las bolivianos/as puedan tener un lugar vivificante y fraterno en su Casa Grande. [T]

REFERENCIAS:

Polarización = sesgo estructural + (bicefalia + ambidiestrismo).

BIBLIOGRAFÍA:

Berger, Peter L., Ed. (1999), Los límites de la cohesión social. Conflictos y mediación en las sociedades pluralistas, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona.

Fukuyama, Francis (2019), Orden y decadencia de la política. Desde la revolución industrial hasta la globalización de la democracia, Deusto, Barcelona.

Laserna, Roberto (2021), Polarización y conflicto. Midiendo los riesgos de la violencia, CERES, Cochabamba.

Leaño, Eduardo et.al. (2020), Hacia una mejor democracia. Tinku verbal entre chang@s de El Alto y La Paz, Qutapíqiña-AIQ, El Alto.

Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel (2018), Cómo mueren las democracias, Ariel, Barcelona.

Markoff, John (199), Olas de democracia. Movimientos sociales y cambio político, Tecnos, Madrid.

Rojas Ríos, César (2013), Democracias callejeras. De la lucha de clases a la protesta polifónica en América Latina, REI, La Paz.

Pereyra, Sebastián, Vommaro, Gabriel y Pérez, Germán J., Eds. (2013), La grieta. Política, economía y cultura después de 2001, Editorial Biblos, Buenos Aires.

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