martes, noviembre 29, 2022
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

Recordando a Paulo Freire

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  • Por Gláucia Foley, Jueza, Coordinadora del Programa de Justicia Comunitaria y miembro de la Asociación de Jueces por la Democracia de Brasil.

Este año celebramos los 100 años del nacimiento de Paulo Freire. Su obra es un faro luminoso que nos orienta hacia lo esencial en la transformación de las prácticas sociales, ya sea en el campo de la educación, la política o la justicia, especialmente comunitaria. En este artículo pretendo resaltar la relevancia de este pensador para el proceso de reconstrucción de la democracia en Brasil, señalando las convergencias entre la pedagogía del oprimido, diseñada para la liberación, y la justicia comunitaria, tejida para la emancipación.

En una de sus obras más inspiradoras, Pedagogía de la autonomía, Freire sostiene que el proceso educativo debe despertar la curiosidad epistemológica, un movimiento que articula el conocimiento construido en la práctica comunitaria con otros conocimientos y contenidos, desafiando a los estudiantes a ampliar su comprensión del mundo.

Por su dinámica basada en la reciprocidad y la alteridad, la pedagogía de la autonomía aporta calidad en la escucha del otro, contribuyendo a la comprensión y organización de las propias ideas. El enfoque freiriano invita a los participantes a realizar análisis, elecciones políticas y proyecciones de futuro, bajo una relación dialéctica entre la lectura del mundo y las palabras. Es una pedagogía ética que moviliza la esperanza e ilumina la sombra opresiva que habita en los oprimidos.

Este proceso de aprendizaje despierta inquietud y responsabilidad. Inquietud por permitir la rebelión contra formas percibidas de opresión; y responsabilidad por las decisiones que resultan de la reflexión. Son opciones de cambio (o permanencia) que solo son posibles mediante el ejercicio de la autonomía. Y esto solo sucede cuando hay libertad para elegir los caminos disponibles. El papel del maestro –y de los padres– es proporcionar que la elección sea libre y bien informada, porque nadie es autónomo si no sabe cómo decidir.

Paulo Freire teje una pedagogía que va mucho más allá de la transmisión de conocimientos, propia de la educación bancaria –no deposita bancariamente, para usar un término freiriano–, que distorsiona la creatividad al no articular la realidad al objeto de estudio. El proceso de aprendizaje debe reforzar la curiosidad, la crítica y la creatividad, para que el alumno pueda construir conocimiento, abandonando las certezas y permaneciendo abierto a nuevos conocimientos.

El punto de partida de este movimiento es el respeto al conocimiento de los estudiantes construido en la práctica comunitaria, a partir de contenidos vinculados a sus vivencias sociales y la discusión de la realidad concreta. Si bien las prácticas sociales son el punto de partida, es necesario aportar una reflexión crítica y dialéctica sobre la experiencia. En este sentido, la educación puede contener la ira contra los injustos, que solo es posible para quienes son capaces de amar.

Este proceso de enseñanza también exige la conciencia de la incompletud, es decir, el reconocimiento de la identidad cultural de la comunidad, a partir de la experiencia de la alteridad, de la relación entre el yo y el otro. Esta dimensión inconclusa también implica reconocer que los seres humanos no están determinados, porque hacen historia, creando posibilidades para un futuro que debe ser problematizado. Estamos condicionados, no determinados. Somos sujetos históricos que ingresamos al mundo construyendo nuestra presencia y responsabilizándonos de nuestras elecciones en el campo social y político. Es esta conciencia de lo inconcluso lo que nos hace éticos y responsables para buscar más educación, acuñada por la esperanza. Frente a las innumerables posibilidades de futuro, el mundo no es; está siendo –hay que denunciar lo viejo mientras se anuncia lo nuevo–.

Como cualquier herramienta de intervención en el mundo, la educación puede reproducir o revelar la ideología dominante que esconde lo real. Como no existe un determinismo histórico, que reduce la conciencia humana a condiciones materiales, el educador debe mantener su coherencia ética y demostrar, a través de contenidos calificados, su opción frente a cualquier tipo de opresión.

Freire anuncia que, como la educación es ciertamente ideológica, es necesario evaluar su papel en el contexto del proyecto neoliberal, que es una opción política; no una fatalidad. Por tanto, el futuro será lo que elijamos construir a través del diálogo. La persona que mueve el mundo es, sobre todo, inquieta y dialógica.

La educación emancipadora, por tanto, implica el rechazo de los dogmas, la escucha respetuosa y la exposición a las diferencias. Del diálogo emerge la conciencia de la incompletud, la búsqueda de diferentes explicaciones a tantas preguntas: el cierre al mundo y al otro es una transgresión del impulso natural de la incompletud.

Este proceso de educación para la liberación implica también afecto y complementariedad: la condición humana fundamental de la educación es la inconclusión de nuestro ser histórico del que tomamos conciencia (Freire, 1997). Para reducir la distancia entre ellos, es necesario adherirse al sueño de la justicia.

Todos estos conceptos fundacionales de la obra de Paulo Freire están estrechamente alineados con el concepto de justicia comunitaria, cuyos protagonistas no se limitan a la resolución de conflictos. Los mediadores comunitarios para una comunidad participativa –en la ingeniosa nomenclatura acuñada por Juan Carlos Vezzulla– son tejedores encargados de fortalecer una red en la que la cooperación amorosa, la participación política latente, la inquietud democrática, la alteridad y el respeto basado en el reconocimiento de identidades son sus componentes constitutivos.

La mediación, sobre todo la comunitaria, no es colonizadora porque reconoce lo incompleto del conocimiento y utiliza el diálogo libre de coacción como mecanismo para promover la reciprocidad y la alteridad. Sin embargo, reconocer y respetar la identidad del otro no es suficiente para superar las profundas desigualdades y la violencia estructural inherentes al capitalismo. La transformación de los mecanismos de opresión implica la reflexión para comprenderlos y la adopción de estrategias para superarlos.

Para que el camino de este proceso no sea autoritario, necesitamos practicar los valores intrínsecos a la mediación, cuyo foco está en las relaciones de las personas, en atender sus inquietudes y en desarrollar la libertad y la responsabilidad para tomar decisiones bien informadas.

La mediación comunitaria no deposita conocimientos exógenos a la comunidad. Su materia prima son las necesidades de las personas, desde el punto de vista de sus identidades y relaciones. ¿Cómo saberlo? Escuchando. Las intervenciones específicas del mediador comunitario servirán para colaborar para que la comunidad construya su propia interpretación de la realidad, nunca para determinarla.

La mediación comunitaria no tiene la tarea de neutralizar las desigualdades o de humanizar las injusticias, como si eso fuera posible. Llevar a cabo la mediación comunitaria, desde la perspectiva de la pedagogía de la autonomía, implica reconocer la dimensión política del proceso de superación de la violencia y la injusticia social.

A pesar de todo el sufrimiento, me gustaría iniciar este 2022 con el verbo de Paulo Freire: esperanzar. La educación para la libertad, la igualdad y la fraternidad implica la práctica de la autonomía y la democracia participativa, desde la construcción conjunta de la cooperación, el afecto y la ética del cuidado, componentes esenciales de la justicia comunitaria.

¡Salve, Paulo Freire! [T]

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