sábado, septiembre 25, 2021
REVISTA INTERNACIONAL DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS, MEDIACIÓN, NEGOCIACIÓN Y DIÁLOGO
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DEL INSTITUTO DE MEDIACIÓN DE MÉXICO

¡Socorro, vienen los buenos!

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  • Por GLORIA NOVEL MARTÍ

Directora de Proyectos, Consultoría Internacional en Gestión de Conflictos y Mediación
Diálogos y Soluciones Corporativas, S.L

Desde siempre me han incomodado los comportamientos sumisos, la pasividad, el no hacer nada ante las injusticias, el callar o mirar a otro lado cuando ocurren ataques a los derechos humanos más básicos.

Me sorprende el acoso en el trabajo o entre vecinos, me irrita la injusticia, el sufrimiento humano inútil, las envidias que dañan, las mentiras que confunden, las faltas de respeto, las difamaciones, las personas enfermas sin cuidar, las niñas y niños maltratados, nuestros sabios mayores que por tener una determinada edad se les despoja de credibilidad o capacidad de decisión, la pobreza, los hombres sin esperanza, las mujeres supervivientes de un sistema que protege lo masculino sistemática y estructuralmente, dejándonos a todos huérfanos de vida, sentido de unidad y pertenencia.

Hace poco viví la violencia muy de cerca. Pude vivir el daño que produce, los sentimientos y emociones que crea. De hecho, como mediadora la he vivido muchísimas veces. También debo decir que en mi profesión me gustó descubrir que muchas personas que vienen a gestionar conflictos escalados, cronificados y de alta intensidad, la han usado en contra de los otros de manera despiadada, en justa proporción a la percepción de amenaza y a la necesidad de defensa percibida para mantener su propia seguridad. Esto, no es maldad, aunque efectivamente daña, aunque las personas afectadas lo definen así: Es mala persona.

En realidad, es un comportamiento disfuncional que se produce por la falta de recursos personales ante situaciones en las que la percepción de amenaza es grande e impera el miedo al daño. Es disfuncional, pero es defensivo, no ofensivo en primera instancia. Y por esto, cuando se avanza en el proceso de resolución del conflicto y las personas se dan cuenta del daño causado, su mayor sufrimiento es el impacto de sus acciones sobre el otro. Por eso, hace tiempo que redefiní el concepto del ser mala persona.

Pero hoy y aquí, no quiero hablar de los malos (concepto que como ven propongo afinar), sino que voy a hablar de los buenos. Esos que hablan de paz, sonríen siempre, sueltan con facilidad un te quiero, que quedan bien con todos, discuten poco, evitan confrontaciones, miran a otro lado, adulan a todos y procuran no entrar en problemas. Perdonen Uds. pero éstos me dan miedo y me irritan de un modo especial, porque de ellos es el reino de los infiernos.

Ayer vi un documental en televisión en el que se denunciaba la situación de demasiadas monjas en la Iglesia Católica. Esclavas sexuales de curas depravados con una maldad infinita, que no dudan en romper en trozos (física, emocional, espiritual y socialmente) a las monjas que escogen para sus perversos fines. Las instancias superiores, hasta la más alta conocen la situación. Y la tapan.

América, África, Europa… no hay distinción, aunque si un común denominador: mujeres jóvenes, con pocos recursos y sin capacidad de escape. Su guía espiritual, un hombre sin alma, que no duda en dar razones espirituales y de peso moral a sus actos, para que acepten sus indecencias. La Ley de la omertá es otro común denominador. No hablan con nadie de lo que les ocurre porque desconocen que no son un caso aislado y porque demostrarlo es cosa imposible. Por lo tanto, ningún apoyo cercano. Y más impunidad para el desalmado que durante años ejerce sin problemas, ante la mirada escapista y la complicidad de los buenos.

Desde mi experiencia, éste es un patrón en todos los tipos de violencia contra las personas. La indefensión, la puesta en duda acerca de los hechos o de la persona, la dificultad en demostrar el daño sufrido, la banalización, la marginación, el silencio.

No nos engañemos, el mal actúa porque el bien calla y desde luego, como dijo Edmund Burke con mucho acierto hay un límite, donde la tolerancia deja de ser una virtud. Ese límite lo definen los derechos de las personas que hay que defender desde la radicalidad. Todo lo que no sea así, no son más que supuestas neutralidades y equidistancias cobardes y cómodas que permiten que el mal campe a sus anchas y nos coloca, justo allí donde no deberíamos estar: en el otro lado, formando inexcusablemente, parte de los violentos.

No es suficiente con hablar de las injusticias en el mundo, hay que posicionarse, actuar y ser intolerante con ellas. No basta con hablar de derechos humanos, hay que defenderlos desde el cada día. Ser bueno no es evitar discusiones, es ser cuidadoso en ellas, con las personas. Ser malo no es matar o robar, es dañar sin necesidad y sin freno, es permitir el sufrimiento humano pudiendo evitarlo. La neutralidad es para las sesiones de mediación, pero para la vida, las palabras clave son compromiso e implicación radical y si hace falta, intolerancia. Mucho trabajo por hacer… y como siempre, con todas las dudas. [T]

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